La belleza: resultado de la simplicidad


No debemos idealizar aquello que no nos hace felices. Es algo que deberíamos tener siempre en nuestra mente y nuestro corazón. Aprender que en la vida, a veces, hay que renunciar a casi todo para así ser más nosotros, más esencia. Renunciar a las expectativas, a las cosas, incluso a algunas personas. La renuncia es una fuerza poderosa que nos libera, que aligera nuestras vidas. Renunciar a propiedades que nos atan, a sueños que nos esclavizan, a realidades que ya no significan nada para nosotros. Renunciar a la seguridad, a nuestro estado emocional, a nuestras verdades, con tal de encontrar en esa renuncia un alivio o un sustento espiritual, una razón de ser.

La belleza de nuestras vidas siempre es resultado de nuestra simplicidad, de nuestra perfecta complicidad con lo natural. Cuanto más simple hagamos nuestra existencia más bella será. Lo podemos ver en la simplicidad de una flor, en la simplicidad de un vuelo o del canto de un petirrojo, en la constante simplicidad de la naturaleza. Una montaña es simple y al mismo tiempo bella y majestuosa. Una nube, en su simpleza flotante, puede desmontar cualquier canon de perfección.

La simplicidad voluntaria es algo revolucionario. Simplificar nuestras vidas, nuestras compras, nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras metas, nuestros prejuicios, nuestras ataduras, nuestros pesares. La belleza atiende a esa simplicidad que ejercemos en nuestros actos diarios. En lo que comemos, en lo que bebemos, en lo que respiramos, en lo que ejercitamos.

La simplicidad en nuestros pensamientos, siempre tan ocupados en las diez mil cosas, que diría el Tao. Siempre tan cansinos y apresurados como un mono loco sin rumbo y sin dirección. A veces tener un buen norte evita tanto tormento, tanta incapacidad para no hacer nada. A veces un norte sencillo nos ayuda a minimizar nuestras fuerzas y nuestros caminos. Nuestros pensamientos a veces son tormento y cobijo de miedos por cosas que no pasan, que nunca pasarán, que nunca pasaron.

Simplicidad en todo, también en nuestra forma de vestir, de andar, de comunicarnos, de trabajar, de vivir, en definitiva. Simplicidad en las relaciones, en el tacto, en los mensajes que ofrecemos al mundo, en nuestra música interior, en nuestros silencios, en la forma de encender una vela o un incienso, en la manera de tumbarnos para escuchar simplemente el sonido del bosque.

Una vida simple, sin tantos aparatejos, sin tanto ruido, sin tantas cosas. Una mirada sincera, un manojo de flores silvestres, un te quiero llano, sin amuletos ni sortijas. Un paseo con los lobos o con la familia, en manada, entre sendas y prados verdes. Una casita de madera, pequeña, no muy grande, con sus infusiones y sus tardes de lluvia y su chimenea. Una mantita tejida en sueños, un abrazo, siempre un abrazo. Qué hay más simple, profundo y bello que un abrazo sentido, de esos que atrapan el sueño y el tiempo, de esos que no quieres que nunca se acaben, por necesario, imprescindibles. Un abrazo paraliza la vida, porque es simple, porque es bello, porque es inexcusable, sempiterno, forzosamente silencioso y por ello, profundo, infinito, bello. Un abrazo es una llama, que enciende vidas, que enciende esperanza.

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