No se equivoca el que cae…


«No se equivoca el ave que ensayando el primer vuelo cae al suelo, se equivoca aquel que por temor a equivocarse renuncia a volar por la seguridad del nido.»
Rabindranath Tagore

Luna llena en Aries con Venus como regente. Inolvidable. Es cierto que caímos en algunos vuelos, pero nos atrevimos a alzar las alas y volar alto. El resultado fue hermoso e inolvidable, y por lo tanto, digno de recordar por mucho tiempo. No hubo miedo, solo detalle, gestos, y todo aquello que hace que toda parte del camino sea única e irrepetible. Un despliegue de amor donde lo bueno se hizo mejor.

No se equivocó el ave, aquella ave que impulsada por su instinto sigue el ímpetu del deseo, de la atracción hacia el vacío perenne que subyace en toda provocación espacial. Ese hilo inmortal que nos empuja a seguir los caminos que llevamos dentro de nosotros. Todo aquello que parece escrito en algún libro misterioso, de tapas muy duras decoradas con dorados amuletos, como si fuera un precioso grimorio cargado de sabiduría esotérica sobre los secretos más ocultos del universo entero.

El destino es invocador, la llamada es inexorable. Nos reúne a unos y a otros para festejar lo incomprensible en aquel círculo no se pasa. Cuando rechazamos la llamada nos puede ocurrir como a la ninfa Dafne, podemos convertirnos en un árbol de laurel. O podemos terminar en ese laberinto lleno de faunos y minotauros hambrientos. Perdidos, derrotados, ofuscados por sus altas paredes sin poder ver más allá, sin poder alcanzar el hilo dorado de la Vida.

Nos hablaban los antiguos del vuelo mágico. Inaplazable, deseoso, necesario. Ese vuelo que en varias ocasiones en nuestras vidas emprendemos para llegar más alto, más sabios, más profundos, más conscientes, más vivos. Ese vuelo que se nos exige para renovar nuestros votos existenciales, nuestra responsabilidad y compromiso con esa misión-labor a la que venimos, con ese propósito inexorable escrito desde las plumas del alma.

Se equivoca aquel que renuncia a volar. Aquel que queda atrapado en la seguridad del nido, temeroso, apartado del río de la vida, lejos de poder comprender la necesidad de equivocarse en cada salto para algún día, emprender el vuelo real, el vuelo mágico, el vuelo sempiterno. Se equivoca el que queda conforme, el que no desea más que amarrarse a lo conocido y superficial, sin mayor aspiración que esa.

Por eso esta luna llena en Aries con Venus como regente ha sido inolvidable. Hubo vuelo mágico, hubo vida, consciencia, compromiso, gesto, riesgo, amor. Hubo algo que creó un puente indestructible, un antakarana que une inevitablemente los designios del cielo con la premura de la tierra. Esa necesidad de crear una puerta para que toda semilla crezca, para que toda alma luminosa pueda encarnar en un mundo mejor, en una vida adelantada en sencillez y belleza, en ternura y delicada comprensión. Vale la pena dar el salto, vale la pena caer al suelo cuantas veces hagan falta. Vale la pena saber que algún día, el vuelo llega, y es profundamente inolvidable y hermoso.

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