La delicadeza de las cosas


Todo es delicado. La sensación de finitud. La muerte. La vida. El amor. Las emociones son completamente delicadas. Los estados de ánimo, nuestros cuerpos, nuestras fatigas, nuestros anhelos, nuestras inquinas. Las plantas son delicadas, las flores, sus inmediatos perfumes. Los animalillos del bosque, el cauce de un río, el extenso horizonte de un mar que atardece o amanece. Nuestros deseos, nuestro despertar diario, nuestros anocheceres con sus noches oscuras y sus días complejos y sus vacilaciones y suspiros.

Cuando abrazamos a otro ser humano, debemos hacerlo pensando en su fragilidad, en su delicadeza. Cualquier cosa nos puede afectar, cualquier gesto, cualquier equivocación, puede provocar un abismo de oscuridad. También viceversa. Cualquier gesto de amor puede provocar en el otro una inmensa felicidad, un reencuentro consigo mismo. Solo tenemos que tomar consciencia de la exquisitez y finura de las cosas, de las personas. Coger a un niño recién nacido con ese cuidado escrupuloso es un reflejo de la ternura que nace naturalmente de nuestro interior. Así deberíamos abrazar la vida y todas sus extensiones a cada instante. De la misma manera con la que se abraza a un bebé recién nacido. Como si todos los días naciera un niño, y tuviéramos la responsabilidad inmediata de su cuidado y atención.

En nuestros pensamientos, en nuestro ánimo, en nuestros deseos y en nuestros actos. Estar siempre atento para que nuestras palabras no sean ofensivas, para que nuestros actos diarios sean completamente inofensivos y amorosos. Empatizar con el dolor del otro, con la vida del otro, con la visión del otro. Abrazar, sin castigar, cada error cometido. Al igual que ya no castigaríamos a un niño pequeño por tropezar cuando está aprendiendo a andar. Más bien lo sostenemos felices por sus avances, aunque se equivoque una y otra vez, aunque tropiece y caiga y se ensucie. De igual manera deberíamos sostener los errores de los otros, advirtiéndoles con amor que quizás las cosas se pueden hacer de otra manera, se pueden tejer de diferente forma, se puede mejorar día a día, siempre. Es en esa mejora continua, en ese aprendizaje, donde damos valor a las relaciones, a los espejos que los otros producen en nosotros, en todo aquello que nos hace crecer en consciencia y amor y vida.

La madeja de relaciones siempre es compleja. No puede haber amor si no hay relación, y toda relación requiere roce, fricción, rozamiento, desgaste. Por eso amar es un arte, un arte delicado, un arte que requiere entrenamiento y disciplina. Amar desde la buena voluntad, sin rencor, sin juicio, amar amando, amorosamente, con ternura, con suavidad, con delicadeza, desde la belleza del amor, el perdón, la compasión.

Honrar la vida en el sagrado cotidiano, en las relaciones, en todas las experiencias diarias, es llenar cada instante de espíritu, de consciencia, de ternura, de delicadeza. La belleza es un arte, un don que la naturaleza pone a nuestra disposición para que alcancemos la meta de ser felices, de tener una vida plena y consciente, una existencia donde podamos valorar cada segundo que pasa. La belleza es resultado de la simplicidad, del tacto y del cuidado, del amor, del esfuerzo acompañado de inteligencia, y del respeto por cada partícula de vida. Ser seres bellos, elegantes, armoniosos, cuidadosos, quizás sea una de las tareas más complejas que existan. Cuidar nuestro cuerpo como si fuera un templo, embellecerlo, volverlo inofensivo, trasparente, luminoso. Cuidar de nosotros, para cuidar de otros. Somos delicados y frágiles, cuidémonos todos los días, con amor.

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