Avivando el fuego de la vida


«Conservar el fuego desde que fue inventado. En eso consiste, cada día, esta tarea de vivir.» Begoña Abad

En el tránsito del solsticio de verano al equinoccio de otoño escribí estas palabras que ahora recupero algo asombrado:

“Acabo de llegar a Hendaya, en el sur de Francia, hermoso lugar fronterizo con nuestro país. Aquí participaré en un pequeño ritual de transición, de cambio de ciclo, de cambio de fuerzas y energías que deberán acompañar esta nueva etapa. Mañana ese ritual se complementará con los ancianos del Arco Real en San Sebastián, una forma de transitar mediante los augustos misterios hacia dimensiones más vastas del ser. Y por la tarde, una nueva transición en las altas montañas de Cantabria, aislado posiblemente de cualquier cosa que pueda separar el cielo de la tierra. Estos viajes, estos cambios, seguro que son un reflejo de lo que de alguna manera se está tejiendo dentro.

Ayer tuve una muy grata sorpresa. Algo que no esperaba y que me ayudó a transitar desde el cariño y el amor este nuevo ciclo. En la parte fantasiosa del relato es como si dos almas se hubieran reencontrado desnudas, despojadas del pasado, y hubieran atravesado durante tres largas horas un hermoso umbral. Siguiendo con la fantasía, es como si hubieran paseado por una hermosa playa, hubieran recogido de entre los pinares piñas y hubieran encendido algunas velas junto a un ramillete de incienso. Es como si se hubieran apagado las luces del mundo y sonara la música ancestral que conmueve a las almas en su baile mágico, en su fuego vital. Nos imaginábamos danzando junto al fiel amigo peludo, el cual nos miraría con cara de incredulidad ante nuestra felicidad y alegría. Ayer es como si nuestras almas bailaran poseídas por el éxtasis. Es como si todos nuestros átomos estuvieran poseídos y fueran capaces de trasladarse por infinitos universos, por llamaradas de fuerzas encantadas.

Fuera como fuera, real o fantasía, fue el broche de oro para despedir un solsticio muy difícil para los dos, y empezar con una nueva energía, con una nueva esperanza, con un sueño renovado. Agradecí mucho el gesto, el regalo, todo aquello que recibí entre risas y llantos, entre sueños y esperanzas. Agradecí empezar este nuevo ciclo a su lado, aunque nos separara un abismo”.

Nunca pensé que estas palabras escritas en el sur de Francia hace tan solo unos días fueran tan premonitorias, tan intuitivas y valedoras de un nuevo renacer necesario y justo. Qué importante son los ciclos. Qué importante resulta morir y renacer una y otra vez. Comprender esa fuerza cíclica, esa impermanencia constante, ese devenir transformador. De alguna manera, la fantasía se convirtió en realidad y apareció la grandeza del fuego vivo, aquello por lo que el ser humano ha luchado por mantener encendido desde que se descubrió. Primero el fuego físico, el dador de calor, luego el fuego místico, la llama espiritual que todo lo envuelve. Y ese fuego nos llega en forma de amor, de compasión, de entrega. El verdadero sentido de todo ser es avivar la llama de ese fuego y ser dador del mismo. Avivar el fuego de la vida es lo que nos dota de sentido y nos lleva hacia la meta última. El amor, el amar.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: