El arte de la decepción


© @__moonglow

 “El goce decepciona, pero la posibilidad no”, Kierkegaard

Nos vamos a decepcionar unos a otros. Eso no significa que algo vaya mal. Forma parte de la vida. Escuchaba hoy en la voz de una joven y vital anciana tras más de sesenta años con su pareja. Me he quedado en silencio, saboreando sus palabras, intentando resolver y comprender su significado oculto. Han llegado precisamente en un tiempo en el que estoy aprendiendo a permanecer en lo malo y en lo bueno ante circunstancias decepcionantes, muy decepcionantes. Lo veía en mí, pero al verlo reflejado en las palabras de esta joven anciana, algo importante se ha anclado dentro de mí.

Perdonad que lo escriba en primera persona, pero es muy sanador compartir esta reflexión desde los adentros. Cuántas y cuántas veces hemos decepcionado y nos han decepcionado al mismo tiempo sin entender que eso forma parte de la vida. No es que algo vaya mal, no es que esa persona o esa situación sea mala, es que forma parte de la vida. ¿Acaso la propia vida no nos resulta a veces completamente decepcionante? Y no por ello queremos abandonarla. Entendemos que toda crisis, que toda frustración, que todo dolor, que todo paréntesis en nuestra existencia aporta un valor primordial dentro de nosotros. Para algunos un halo de esperanza, para otros, el sabor imperecedero del perdón, para los demás, una oportunidad de amar incondicionalmente, en lo bueno y en lo malo.

Seamos conscientes que desde hoy mismo vamos a decepcionar a muchas personas. Seamos conscientes de que muchos nos verán como fracasados, como inválidos, como enemigos, como perdidos, como insolentes, como malvados, oscuros o acabados. Y mucha gente nos decepcionará por sus mentiras, por su odio, por su rencor, por sus miedos, por sus enredos, por su ceguera, por sus creencias o inmoralidad.

Pero, ¿y si aceptáramos eso como parte de la vida? ¿Y si fuéramos capaces de redimir esa sensación extraña que sentimos cuando algo o alguien nos decepciona? La desilusión forma parte de la vida. Los enamorados se desilusionan cuando dejan de sentir mariposillas en el estómago, sin entender que ese ciclo ya pasó, que eso forma parte de la vida y que ahora toca querer desde la responsabilidad y el compromiso, para algún día saber amar incondicionalmente. Pero nadie nos enseña la fuerza poderosa de los ciclos. La necesaria muerte de los tiempos para que nazcan otros nuevos, renovados, mejores, aumentados, perfeccionados. El amor verdadero triunfa cuando esa revelación se suma a la sabiduría, a la fuerza, a la comprensión de esa profunda impermanencia.

Nada nos decepcionaría si entendiéramos la verdadera pureza de los cambios, de los ciclos, de todo aquello a lo que no ponemos ni una mota de expectativa ni resistencia. No nos decepcionarían los errores del otro si entendiéramos que no nacen del mal, sino de la ignorancia o la propia provocación de la vida.

Nada nos desilusionaría si comprendiéramos que cuando la llama no late, ni brilla, ni se expande, es porque está muriendo para que algo nuevo renazca. Y la renovación de ese algo nuevo no es por sí mismo malo o doliente. Es necesario, es vida. Si el tiempo y sus ciclos es poderosamente acompañado por la honestidad y la lealtad, cualquier decepción pasará a ser simplemente una nueva forma de comunicarse, una nueva forma de afrontar los retos de la vida, una nueva forma de ser felices sin arraigar ningún tipo de expectativa o resultado. El arte de la decepción es precisamente eso: saber que forma parte de la vida, y que no tiene porqué ser algo malo. Dicho esto, siento mucho si este texto te ha decepcionado. Que pases un buen día… 🙂

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