Los lazos que nos unen


“Journeys end in lovers meeting”, William Shakespeare.

Qué difícil resulta cortar los lazos que nos unen a otras personas cuando el destino o el caprichoso azar quiso que nuestras vidas ya no pudieran seguir juntas. Ocurre en las amistades y en las parejas. Romper los lazos, la trama entrelazada del destino, es complejo, requiere tiempo y algo de disciplina. Sobre todo, consciencia de qué es lo que se está rompiendo, pues a veces ignoramos que estamos rompiendo con un karma, un dharma o un destino, y todo lo que eso conlleva tras de sí.

También hay que tener conocimiento de qué lazos nos unen, cuál es su calidad y fortaleza y cuántos son. La calidad dependerá del tiempo que hayamos pasado juntos. No me refiero a un tiempo cronológico, sino a un tiempo que va más allá del tiempo. Si nuestros lazos vienen de otras vidas, de otras dimensiones, el tiempo no puede medirse con un reloj. Por eso, a la hora de romper esos lazos, el dolor y el sufrimiento pueden ser muy intensos si el recorrido vital ha sido muy grande, o si nos une algo más que una vida, una experiencia o un fortuito encuentro.

Es cierto que hay lazos indestructibles, son los lazos del alma. Esos lazos no pueden cortarse ni aniquilarse porque permanecen vida tras vida, ya sea por una cuestión kármica, o porque simplemente, esas almas son como gotas de agua: inseparables en cada encarnación, a pesar de que ese entendimiento no se haga realidad en cada vida. A veces se encuentran, se miran, se reconocen, y desaparecen el uno del otro por el miedo que esa visión ha suscitado. En la mitología occidental eran descritos como encuentros de almas gemelas que aún no tenían plena capacidad para reconocerse, siendo el miedo el que terminaba por frustrar cualquier acercamiento vida tras vida. Sin embargo, a nivel inconsciente, se reconocen, ya sea por el olor, por la respiración, por la mirada, por la voz, por la frecuencia de sus energías. Se escuchan, se atienden y todo el cuerpo se eriza, porque de alguna manera, hay un reconocimiento de esa frecuencia tan familiar.

Hay otros lazos más fáciles de romper. Los sexuales o los materiales, los energéticos y los emocionales, los mentales o intelectuales. Son lazos que se crean entre amigos, conocidos, familiares, o parejas que no tienen mucho en común. A veces puede ocurrir que a una pareja, de los siete lazos posibles (los cuatro materiales y los tres espirituales), solo les una uno o dos lazos. Puede ocurrir que estés con alguien muy enlazado a nivel sexual, pero sin ningún otro lazo a nivel etérico, emocional, mental o espiritual. Hay parejas que viven durante muchos años enteros, pero apenas sienten una complicidad interior, pues pocos son los vínculos o lazos, más allá de lo material, que les pueda unir.

Los lazos que nos unen a un nodo, a un destino, son aún de mayor complejidad. Hay personas que están destinadas a encontrarse y a crear una realidad juntos. Cuando esa realidad se ignora por miedo o desconocimiento, romper con esos lazos que estaban predispuestos es muy difícil, por no decir imposible. Los lazos del destino son como asignaturas que debemos recorrer. Y si no nos enfrentamos a ellas, se repiten una y otra vez. En la tradición oriental se conoce como el hilo rojo del destino. Según esta tradición, “un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper”.

La leyenda oriental es hermosa y muestra como el destino al final nos une a esas personas que están destinadas a estar junto a nosotros. Dice así:

“Hace mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su presencia. Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al dedo corazón y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo. Esta búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con una bebé en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: «Aquí termina tu hilo», pero al escuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja, empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran herida en la frente, luego ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza. Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor fuera que desposara a la hija de un general muy poderoso. El emperador aceptó esta decisión y comenzaron todos los preparativos para esperar a quien sería después la elegida como esposa del gran emperador. Llegó el día de la boda, pero sobre todo había llegado el momento de ver por primera vez la cara de su esposa. Ella entro al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente el rostro … Al levantarle el velo, vio por primera vez que este hermoso rostro tenía una cicatriz muy peculiar en la frente. Era la cicatriz que él mismo había provocado al rechazar su destino años antes. Un destino que la bruja había puesto frente al suyo y que había decidido no creer”.

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