Nadie se rinde cuando algo realmente le importa


© @emmanuel_enyinwa

Uno se pone triste cuando la mujer que le gusta sale con otro hombre. Incluso cuando los hijos de la viuda no comprenden nada sobre lo que estudian todo el día referente a la virtud. Uno se pone triste por cualquier cosa, como cuando piensas en esa casa idealizada que tanto esfuerzo costó y donde el debate se teje ahora sobre si hay que tener aguacate en la cocina o arroz integral en vez de intentar transformar, desde la humildad y la profunda entrega, toda nuestra condición humana. Uno se pone triste cuando le gustaría estar abrazado en aquel concierto o en aquella playa. Cuando las guerras humillan, en las tumbas de Izium, toda nuestra humanidad, mientras se ahogan a miles en las inhóspitas playas del Sahel.

Uno se pone triste cuando en aquella playa solitaria ve esa pareja desnuda, besándose bajo la lluvia, o disfrutando de un atardecer viendo los veleros surcar el infinito océano mientras la música de fondo invita a navegar por otros mares. Se pone triste al pensar que no es uno, sino el otro, el fortuito que quiso el azar poner allí para distraernos una vez más, alejándonos del sueño, alejándonos del sentir. Uno se pone triste cuando nos distraemos con tantas cosas y tantas personas alejándonos irremediablemente de nuestro verdadero, insondable e irracional deseo.

Sin embargo, nadie se rinde cuando algo realmente le importa. Y construye sus sueños a base de más sueños y navega por mares aunque esos mares sean angostos y peligrosos. Uno no se rinde nunca a pesar de las terribles tumbas de Izium o los cadáveres flotando en las playas del Sahel. Y otros vendrán y surcarán los mares y llegarán a tierra firme y de esos, algunos conseguirán su sueño y su dicha porque nunca se rindieron. Y otras generaciones vendrán y verán esas tumbas y jurarán que nunca más habrás más guerras.

El mundo esconde paisajes tristes, escenas difíciles, momentos complejos que debemos atravesar. La vida nos cierra puertas constantemente, pero si nunca nos redimimos, y seguimos adelante, y seguimos perseverantes y seguimos erguidos mirando con superación toda la fatalidad mortal, las tragedias nos abandonan y el triunfo, aunque sea efímero, termina abrazándonos. ¿Qué triunfo? Nos preguntaremos una y otra vez. El triunfo de no cesar, de empeñar nuestra vida en un sueño, en un profundo sentir, en una realidad imaginada primero en las etéricas fuentes de lo invisible para luego ser tejidas en los planos más burdos y densos. Así funciona lo insondable. Así atraemos a lo posible, lo imposible.

Hoy es un día verdaderamente triste, profundamente triste, inimitablemente triste y desdichado. Las costas del Sahel esperan nuevos despojos que algún día fueron vida. Las tumbas de Izium seguirán aumentando a medida que la tragedia se aproxime a la consciencia de todos. Y allí, en las playas del silencio, esa nueva pareja probará suerte, harán el amor bajo la lluvia, verán esos arqueados veleros, no uno, sino dos, o dous, si nos ceñimos a la realidad.

Sí, es un día triste, como otro cualquiera, pero nadie se rinde cuando algo realmente importa. Y alguien llegará desde el Sahel a la tierra prometida, y algún día las tumbas de Izium estarán llenas de flores en recuerdo y memoria de toda la humanidad doliente, y aquel otro hombre, pobre hombre, tan pequeño y tan grande bajo su condición humana, hoy triste y desolado, encontrará el gozo por ese amor prometido, por esa batalla ganada, brillando de nuevo toda luz y toda gloria por los siglos de los siglos.

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