Echar de menos los imposibles…


“Si me encandilas con tu mejor mentira, / responderé con la promesa más hermosa”. Edna St. Vincent Millay

La vida se desarrolla de forma extraña, como en un juego de la oca donde hay unas casillas establecidas, pero cuyo recorrido resulta distinto dependiendo de los dados que caigan en la rueda de la fortuna. Hay algunos factores que nos intrigan de la vida. Uno de ellos son las casillas donde caemos en el amor, en el dinero, en la salud, en el lugar que elegimos para vivir. Hay casillas que resultan imposibles, complejas, dificultosas. Sabemos que están ahí y que podemos caer en cualquier momento.

Cuando sales a la calle y cruzas tu mirada con tanta y tanta gente te viene a la cabeza la de cientos de posibilidades de vida que pueden ocurrir si conoces a unos u a otros. El hecho de elegir pareja, o de que la vida la elija por ti, ya es significativo. Salir con este y no con el otro, puede cambiar radicalmente tu existencia. Elegir pareja, compañero de vida, hará que tu existencia cambie radicalmente. Cada elección determina cada generación, cada nueva vida, cada aporte de consciencia, amor y equilibrio a la delicada cohesión entre lo material y lo espiritual. ¿Qué clase de niños queremos traer al mundo? ¿En qué ambientes queremos criarlos? ¿En qué lugares? ¿Con quién?

Ocurre lo mismo con el trabajo. ¿A qué deseo dedicar el resto de mi vida? ¿Seré perezoso a la hora de establecer mis relaciones con el mundo laboral? O por el contrario, seré proactivo, tendré ganas de superarme, de buscar realmente cuál es mi verdadero don y encontrar la posibilidad de poder desarrollarlo con entusiasmo y alegría.

La salud es más compleja, porque depende de nosotros, de nuestras circunstancias y de nuestra herencia. Nosotros podemos potenciar la salud, estar en un estado de gracia, y facilitar que nuestra vida se desarrolle y traiga bienestar. El cuidado del cuerpo, de nuestras energías, de nuestras emociones y de nuestros pensamientos hará que nuestra calidad de vida, aunque no sea una garantía al cien por cien, sea de una manera u otra.

El lugar donde vivimos determina también nuestra existencia, nuestra cultura, nuestra composición espiritual e íntima. No es lo mismo vivir en una gran ciudad que vivir en las montañas, en plena naturaleza. Cada elección que hagamos en ese sentido, determinará todo lo demás. Nuestra salud, nuestras relaciones, nuestro medio de vida, nuestra posibilidad de crear o no más vida…

Cuando miramos a nuestro presente podemos detectar qué cosas nos resultan insatisfechas. Hay cosas que nos afligen porque en algún momento de nuestras vidas hemos realizado una mala elección. A veces no elegimos algunas cosas porque nos resultan imposibles. Aquella persona, aquel trabajo, aquel lugar donde vivir, aquel cuidado de la salud… Parecen imposibles y pasan los años y vivimos atormentados porque no tuvimos el valor de dejarnos llevar por el corazón, por nuestro sentir, por la osadía de probar, aun con riesgo de equivocarnos, el aventurarnos por aquel camino.

Así pasan luego los años, a base de arrepentimientos continuos, de sentirnos que no arriesgamos, de frustraciones por no haber probado aquel camino o aquella otra senda. Que no tuvimos valor de apostar por los imposibles que se nos presentaban, pero que sentíamos debíamos abrazar con fuerza.

«Intentar, intentar», debería ser nuestro mantra interior. Intentar hasta desfallecer para que lo imposible se vuelva posible, y así, con el paso de los años, no nos quede esa sensación de tristeza y amargura por no haberlo intentado. Que no llegue el final de nuestros días pensando y soñando en lo que podría haber sido. Más bien, llegar satisfecho al final de nuestro camino y decir: lo intenté, una y otra vez, y ese fue mi camino. A veces exitoso, a veces fracasado. Pero feliz, porque lo intenté. Lo intenté todo, y esa fue mi ganancia en esta corta y efímera existencia.

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