El aliento ígneo


El ser humano virtuoso es aquel que influye conscientemente en aquello que sí puede cambiar. Y acepta con plenitud y consciencia aquello que no puede modificar. Focaliza su atención en esas cosas de la vida cotidiana en lo que puede incidir de alguna manera. El azar es un espejismo, decían en la antigüedad, que nace de la ignorancia, pues de alguna manera, el universo se teje sobre leyes naturales a las que no tenemos un completo acceso. La gnosis pretende despejar alguna de nuestras dudas, ofrecernos soluciones o adormideras para la razón, pero no puede abarcar, por sus propias limitaciones sensoriales y espaciotemporales, todo el infinito inabarcable, toda la inquietud existencial. ¿Cómo es posible entonces vivir acordes al flujo de la naturaleza y sus leyes visibles e invisibles?

No podemos enfrentarnos a los acontecimientos que superan nuestra actuación, al igual que no podemos enfrentarnos al poderoso curso de un río. No podemos luchar contra el logos universal que organiza y opera en todas las cosas, pero sí podemos abrazar lo inevitable, sin ofrecer resistencia, acotando nuestra rebeldía existencial a aquello que es posible. De lo contrario, luchamos de forma inútil y agotadora contra la vida, sea cómo sea la vida, con sus tristezas y alegrías, con su dolor y ambrosías. Nuestras mayúsculas limitaciones deben ponerse al servicio del devenir. No luchar contra lo que nos ocurre, sino buscar conocimiento y sabiduría en todo lo que nace en nuestras vidas. No es una resignación hacia el determinismo cosmológico de las cosas, sino una adaptación que nos hace mejores y más resilentes.

Desde la ataraxia, la calma y la tranquilidad a la que podemos llegar algún día, alcanzaremos a comprender que todo lo que ocurre más allá de nuestros deseos y pasiones, no son cosas ni buenas ni malas. Ocurren sin más. El aliento ígneo que crea todas las cosas está por encima de nuestro entendimiento. La sabiduría consiste en considerar nuestra ignorancia y comprender nuestras limitaciones sin luchar contra ellas.

Es nuestra misión en la vida, o debería ser, la de embellecerla. Hacerla amable y dulce, tierna a la mirada de los otros. Necesaria para ese orden cósmico que desconocemos. Que ese aliento ígneo de todo lo creado se manifieste de igual manera en nosotros, desde cierto orden y riguroso esplendor, ensanchando nuestros mundos.

Estas cosas pensaba hoy mientras el tren me trasladaba desde el Maresme y sus playas estrechas y divididas hasta el mismo centro de Barcelona. Antes mi anfitriona en la gran ciudad, una de esas amigas que te cuidan de forma tan entregada y amorosa, me había regalado una consulta en un excelente osteópata. Me ha hecho crujir todos los huesos y me ha recordado la urgencia de cuidar el vehículo, el cuerpo, los cuerpos. Llevaba años sin hacer deporte como antes lo hacía, pero al recolocarme los huesos he vuelto a sentir la necesidad de volver a mi rutina corporal. Mens sana in corpore sano. Es algo que no debemos olvidar, para que cuando nuestra alma llegue a nosotros, se encuentre en un lugar amable y bello.

Aquí, desde este hermoso ático donde ahora me encuentro, escucho los ruidos y los trajines de la ciudad. Llueve, se oscurece todo, desaparecen las nubes, se aclara el cielo. Todo pasa en un instante y me recuerda la impermanencia de las cosas, el aliento ígneo que todo lo aviva. Y cuando deja de llover a cántaros y se despeja el cielo, de nuevo el ruido de la ciudad. Volver a la ciudad es un recordatorio, una vacuna imprescindible que me despierta la urgencia de volver a la naturaleza, a mis bosques añorados, a mi pequeña cabaña. Ahora entiendo que el silencio de aquel lugar, solo ininterrumpido por el canto de los pájaros mañaneros, no tiene precio. Soy un auténtico privilegiado y no soy totalmente consciente del tesoro construido allí. Sí, el aliento ígneo está ahí, incluso detrás de esta locura llamada ciudad. Incluso en los bosques que me aguardan para abrazar mi propia vida. La diferencia está en esa necesidad de volver a la naturaleza. De volver a lo bello. De regresar a la virtud de forma amable y considerada. El azar es un espejismo, así que estaré atento a las próximas señales.

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