Amor fati, amar al destino


«Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No solo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo ―todo idealismo es mentira frente a lo necesario― sino amarlo«. Nietszche

Vivimos la crisis que ya predijo Nietzsche, la crisis del nihilismo, la crisis de la deshonestidad, de la mentira, del ocultamiento. La verdad se refugia, la honestidad se apaga y el mundo gira en torno a lo ilusorio, a la fantasía que no requiere de un contraste seguro en el mundo de las formas. La existencia, que siempre gira en torno a la vida, la muerte y el amor, requiere de una gran revolución, de una nueva ilustración que de luz hacia esta oscuridad actual. Si la primera ilustración fue intelectual, con la idea de disipar las tinieblas de la ignorancia que en ese tiempo envolvía a la humanidad, esta segunda ilustración debería ser moral o espiritual, con tal de que se disipen aquellos egoísmos y cegueras vitales que la razón ha producido. Deberíamos, de alguna manera, volver a la filocalia, al amor hacia lo bello, o al amor fati que dirían los estoicos, amar el destino, sea este como sea, sintiendo que todo lo que pasa es bueno, o al menos necesario, si lo enfrentamos desde la virtud.

Ayer junto al mar recapitulábamos algunos hechos importantes de nuestra vida. Ella había regresado del Magreb recientemente. Contaba con entusiasmo pero con cierta tristeza la dureza de esas gentes que intentan llegar a nuestro continente buscando un mundo mejor. El voluntariado en el desierto ayudando a los parias de nuestro tiempo es de una gran dureza. No mayor que aquella pérdida de su marido, cuando aún era joven, o de su también joven hijo en sendos accidentes, o de sus hermanos igual de jóvenes. ¿Cómo te repones a tanta pérdida? Eso solo es posible con el amor fati, con amar al destino a pesar de sus durezas y pruebas.

Hablamos también a cómo enfrentarnos a las decisiones de la vida, a esos momentos en los que tienes que elegir uno u otro destino. Pensaba en el mío propio, en cómo en unos pocos meses había cambiado todo. El discernir entre un camino u otro es lo que nos hace humanos, y también lo que determina nuestras vidas. Ese libre albedrío que nos permite equivocarnos o no ante cualquier cruce de caminos es lo que nos caracteriza y nos diferencia de los animales. Y sobre todo, el cómo nos enfrentamos a nuestras decisiones, aunque no sean certeras.

Nietzsche, y también Mircea Eliade, asoció la idea estoica del amor fati al principio del eterno retorno. La idea en sí tiene que ver con la esperanza de volver a la vida una y otra vez, sentirla bella, sentirla necesaria, sentirla única, mientras navegamos en sus recovecos y extendemos las velas para crecer y henchirnos en su ancho mal. El amor se expande, la vida se expande hasta los límites de la muerte, cuyas fronteras desconocemos. Y todo es un ciclo de eterno retorno.

Para los estoicos, nada importa si tienes buena o mala fortuna, lo que realmente importa es la virtud, es decir, permanecer indiferente ante la suerte que se nos presenta. Amar el destino. Esto es muy profundo. Los estoicos no se conformaban con aceptar el destino, sea lo que sea que venga, bueno o malo, sino que buscaban la virtud en la forma en que esa aceptación se convierte en amor. Amar lo que venga, lo que la vida nos traiga.

Amar el juego de la vida, como me susurraba la otra noche la bella dama mientras tímidos nos escondíamos hasta las tantas en una tienda de acampada entre los bosques. Fue ella la que me habló del amor fati, demostrando que se puede jugar sin esperar nada a cambio, sin ningún tipo de perspectiva. Amar incluso el hecho de que la magia de ese momento terminara de repente por el motivo que fuera. Esa noche de inspiración, esa madrugada de juegos y atrevimientos sinceros, fue toda una revelación. Se puede amar el instante, el momento, te puede gustar todo más o menos, sin necesidad de que pase absolutamente nada. Carpe Diem.

Lo virtuoso de toda la cuestión es el cómo reaccionamos ante los hechos y el azar, ante esa tirada de dados que la vida nos muestra para ver cómo reaccionamos ante ellos, si con amor, o con desesperación, miedo, rabia y frustración. En ese amor fati, en ese amor hacia el destino o el infortunio, no hay lugar para la queja. Tampoco hay lugar para conformarnos ante la buena suerte, pues sabemos que siempre será provisional, de ahí que los estoicos centraran su atención en el comportamiento, la actitud y las acciones que promovíamos en nuestro interior ante las pruebas de la vida, fueran estas buenas o malas. De ahí el deleite hacia la virtud de nuestro comportamiento ante los irremediables hechos.

¿Cómo nos enfrentamos a los contratiempos de la vida? Cuando alguien nos deja y abandona, cuando pasamos una situación delicada con algún ser querido, cuando nos arruinamos o cuando enfermamos o cuando alguien se nos muere. A partir de ahora, nos quedará la opción de pensar y soñar como lo hacen los estoicos, el amor fati. Amar el destino caprichoso y responder ante él con amor, fortaleza y valentía. En el fondo todo es un juego, en el fondo solo tenemos y nos queda esta vida.

Gracias María por la inspiración.

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