Atrévete


 

Decía Camus que el buen gusto consiste en no insistir. A veces uno piensa y observa todo aquello que perdió precisamente por no insistir, por abandonar, por arrinconarnos ante el miedo, dejando la valiente osadía para otro momento. A veces pensamos que la mejor opción es sentarse a esperar que algo suceda. Es la esperanza mal entendida, sin comprender del todo que el universo se pone a danzar cuando nosotros damos un primer paso. La cuestión fundamental sería saber si ese primer paso está dirigido desde la consciencia, o en su defecto, desde cierta sabiduría basada en el conocimiento o la experiencia. La praxis siempre ayuda, pero ese primer paso, esa primera osadía, es imprescindible.

Los sueños deberían ser siempre más grandes que nuestros miedos. Siempre tenemos miedo a perder, ignorando que a veces, cuando perdemos, estamos ganando. Ya sea experiencia, ya sea conocimiento, ya sea la oportunidad de sentirnos que por lo menos, lo hemos intentado.

Ayer vi una de esas películas ñoñas que suelo ver últimamente (One Day) donde de alguna forma se detalla la importancia de intentarlo, una y otra vez. Es cierto que en la película existe un hilo conductor, algo que está tejido desde la narración que el misterio de la vida trenza en lo invisible. Ese hilo es el amor, pero no cualquier amor, sino ese que siempre es más poderoso que el miedo o las circunstancias. Eso me encantó, pues a pesar de los avatares de uno y otro personaje, al final el amor triunfa. Y el misterio de ese triunfo fue precisamente el poder de la osadía, el poder de volverlo a intentar una y otra vez, sin temor a perderlo todo.

Las acciones deberían ser más poderosas que nuestras palabras. Hablar es fácil, y es complejo mantenernos en silencio. Los sabios callan, pero, sobre todo, actúan. Actúan de tal forma que casi parece que no hacen nada, porque su actuación es invisible a los ojos de la ignorancia. La osadía es una fuerza vital que nos empuja desde la voluntad profunda a participar de la Gran Obra, mistérica y necesaria, de la propia vida. Solemos pensar que todo ya está hecho, pero en verdad, solo se hace cuando empieza el movimiento primigenio, la chispa que enciende el motor y el fuego de nuestras vidas.

Atrévete. Me repito una y otra vez. No hay nada que perder. Ser osado es una forma de amar. Atrévete a decirle lo que sientes. Atrévete a darle un abrazo a aquella persona que se alejó. Atrévete a reconciliarte con los que te hicieron daño. Atrévete a emprender tu sueño, sea el que sea. Atrévete a tener hijos si es lo que más quieres. Incluso atrévete a configurar una familia ahora que eso parece algo tan denostado.

Atrévete a estar solo si lo necesitas. Atrévete a escalar aquella montaña o a nadar por aquel río de agua helada. Atrévete a invitarla a aquel atardecer que nunca sucedió. Atrévete a empujar al otro hacia esos bosques oscuros llenos de animales salvajes para que agarrado de tu cintura pueda circunvalar cada uno de sus miedos. Atrévete a ser mentor de aquel que está perdido o simplemente de oxigenar tu vida con nuevos caminos cuando seas tú el que lo esté. Atrévete a reinventarte, a destruir todo aquello que ya no sirve y construirte una y otra vez desde tus propias cenizas.

En definitiva, atrévete a vivir, a amar la vida, e insiste, aunque sea de mal gusto, siempre que sientas que al final todo tu esfuerzo, constancia, perseverancia y paciencia habrá merecido la pena. Atrévete, no pierdes nada.

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