Agua que fluye, jamás se pudre


 

Eso al parecer es lo que a veces nos pide el cuerpo y el alma. Fluir como un río dentro de la corriente alterna de la vida. Ayer me desperté con un gran dolor en el pie derecho. Una dolorosa tendinitis en el empeine que tenía que soportar en cada paso. Me desperté temprano, a eso de las cinco, debido sobre todo a la colmena de madrugadores escandalosos que olvidaron eso del respeto por los demás. A las seis de la mañana, a falta de sueño, ya estaba caminando. Como era de noche me perdí durante al menos tres kilómetros. Empecé mal el día. Tres kilómetros más de cuestas en jornadas de veinte y con dolores en todas partes no ayuda.

En teoría la jornada terminaba a la una, pero cuando llegué al albergue estaba cerrado. Esperé un tiempo prudencial y viendo que no habría, seguí la marcha. Un paso más, otro, y otro. El dolor cada vez era más y más intenso. Los rayos del sol golpeaban con fuerza. Me quedé sin agua y sin provisiones. La situación parecía desesperante. De repente me vi solo caminando. Toda la marabunta de peregrinos había encontrado ya albergue y estaban descansando. Descarté seguir hasta Finisterre en un primer momento. Iba contando con desesperación cada paso, cada minuto, cada kilómetro que quedaba hasta Santiago. Cuarenta, treinta y nueve, treinta y ocho…

A las tres de la tarde pude encontrar un lugar donde me ofrecían algo de beber y comer. Fue toda una suerte porque era el último. Allí pude reposar un poco y relajar el cuerpo y sobre todo la mente. Mientras comía la ensalada y el revuelto de setas y viendo la imposibilidad que se presentaba, decidí llegar a Santiago, aunque eso suponía hacer el doble de kilómetros, más de cuarenta, el doble de tiempo y el doble de dolor. Sentí que si quería salir esta misma semana hacia Barcelona necesitaría unos días de descanso, y que si lograba llegar hasta Santiago y allí coger un autobús a tiempo podría esa misma noche dormir en una cama en silencio.

Así que doblé turno. Una proeza solo apta para persistentes y cabezones nacidos bajo la constelación de tauro. El dolor aumentó por el sobre esfuerzo, pero también aumentó el poder que ejerce la mente ante las dificultades. En el fondo estaba viviendo un símil apropiado de mi propia vida. Un dolor terrible soportado por una mente fuerte anclada a un propósito aún mayor. El dolor no se volvió sufrimiento en el pensamiento. Intentaba minimizarlo con la esperanza de poder volver a casa. Así que llegué a las puertas de Santiago y pude coger dos autobuses y un último taxi que me trajo hasta aquí. Sentí nostalgia por abandonar el Camino, especialmente mientras veía por la ventana todos los lugares recorridos y toda la gente a la que en ellos pude saludar.

Esta segunda incursión en el Camino ha sido muy diferente a la primera de hace unas semanas. Siento que se han reorganizado muchas emociones y que interiormente tengo cierta calma. Ha sido como cerrar un ciclo a la espera de que el nuevo equinoccio termine de sellarlo. Físicamente, a pesar del error garrafal de las plantillas que provocaron los consiguientes dolores en los pies, me siento bastante fuerte. El ánimo está volviendo a su sitio poco a poco y todos los elementos exteriores se están organizando en una nueva realidad. No emerge nada nuevo, pero al menos se termina de hundir todo aquello que ya no es válido. Algo muere, algo nacerá.

Siento que debo seguir moviéndome interiormente para que todo fluya hacia otro propósito. Desterrado por fin el pasado, disfruto del silencioso presente para que un nuevo futuro emerja. Lo que depare ese futuro ya no es de mi incumbencia. Solo puedo abonar la tierra de este ahora perenne para que todo prenda de forma hermosa y bella. Creo que para todos se presenta un otoño difícil. Espero no perder esa visión de conjunto y así poder asimilar cada nuevo golpe que llegue. No solo los golpes personales, también los globales. Agua que fluye jamás se pudre. Hay que seguir fluyendo con los ciclos de la vida, sean los que sean, nos gusten más o nos gusten menos. Si caminamos, si sentimos, si respiramos, es señal de que estamos vivos. Y la vida es así. Qué le vamos a hacer.

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