Yo soy el Camino


Atravesando el puente de Melide en la etapa que me ha traído desde Palas de Rei hasta el hermoso albergue de Rivadiso, cerca de Arzúa. 

La rutina forma parte del escenario. A partir de las cinco, los peregrinos más madrugadores empiezan a hacer sigiloso ruido. A las seis ya son más, y a las siete ya casi todo el mundo empieza a caminar. Los albergues son un universo en sí mismos. Ronquidos, suspiros, gentes de todas partes del mundo, personas con traumas, personas con mundos que se regeneran y sanan caminando.

En el paisaje de agosto abundan los turiperegrinos, los cuales han masificado y convertido algo tan sanador en una carrera de obstáculos. Se los identifica porque no llevan mochila (se las trasladan por cuatro euros el trayecto), van siempre mirando al suelo o escuchando música, sin tiempo para contemplar el paisaje, no importa si el interior o el exterior, y como tienen siempre un albergue o pensión reservadas, se pierden la magia de la improvisación. Van siempre acelerados de bar en bar, donde descansan para tomar una cerveza o una tapa. Si van en grupo o en pandilla, se les reconoce porque no guardan silencio. En estas fechas invaden el camino y algo que llama mucho la atención es que nunca saludan. Pasan corriendo como si no existieras.

El turisteo ha desacralizado algo tan bello como el Caminar en comunión con la naturaleza, con Dios, si eres creyente, o con tu consciencia interior que requiere expandirse en silencio y reflexión. Aún así, uno descubre que en el Camino caben todos. Que si no quieres ver turistas, puedes retrasar o adelantar la marcha. Puedes obviar los bares y ceñirte a las provisiones de la mochila. En estas fechas es más difícil interaccionar si eres algo tímido, ya que no hay tiempo para casi nada, pero si te lanzas, tienes un mundo de gente por explorar.

La rutina, decíamos, es siempre la misma. Cuando llegas al albergue lo primero que haces es hacer la cama con las sábanas de papel que ahora parecen un requisito indispensable tras el Covid. Luego te duchas, lavas la muda del día, la tiendes, comes algo, descansas y luego la tarde para lo que cada cual desee. En mi caso, trabajar en la editorial mientras el resto o duerme o interacciona en los albergues. Mientras los albergues privados están abarrotados y sin plazas, ocurre que los públicos están casi vacíos, lo cual es una suerte para los que como yo prefieren improvisar sobre la marcha sin reservas. No me gusta fijar la llegada en ninguna parte porque nunca se sabe qué puede aportar o sugerir cada jornada.

Las mías, como son introspectivas y sanadoras, no cumplen con ningún tipo de expectativa ni sorpresa especial. Hoy me atreví a hablar un poco con una hermosa mujer que me llamó la atención, pero mi timidez hizo que dejara escapar la ocasión de interaccionar con mayor profundidad con alguien que a priori parecía especial y diferente al resto. Así que mi única aventura fue convivir como pude, en unas de las etapas más largas y duras (la llaman la rompepiernas), con una ampolla y una rampa en el pie. Nunca en mis años de senderista o en mis otros caminos me había salido una ampolla, pero al salir cometí la torpeza de poner unas plantillas nuevas en mi viejo calzado y eso no fue buena idea.

En este Camino tomo consciencia de que debo cambiar mi vibración, cerrar la puerta del pasado y abrir algún tipo de ventana hacia una nueva energía, una nueva frecuencia, una nueva realidad. En el fondo, ahora que después de tantos años me he atrevido a abrirme al mundo, deseo continuar en esa brecha y ver qué depara el destino. Deseo que los anhelos de estos últimos meses organicen una nueva aventura personal, un nuevo matiz existencial. Siempre arraigado en el Camino de la consciencia y el amor. Porque si algo he descubierto en este caminar, es que Yo Soy el Camino.

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