Cerrado por vacaciones


Al perder la esperanza, hallé la libertad. Cada noche morimos, y cada nuevo día, tenemos la oportunidad de renacer a algo nuevo y diferente. Cuando apretamos nuestros pechos contra la vida, el corazón parece latir más fuerte. Se escucha su rugido, su urgencia, su necesidad. Se puede sentir el palpitar y el aleteo de su frecuencia cardiaca. Allí se deposita el chacra verde, uno de los hilos que conducen a la vida. El chakra del corazón regula y equilibra nuestras emociones, especialmente aquellas afines al amor propio, al amor hacia los demás, a la compasión, a la armonía en las relaciones y la conexión emocional con nuestro yo superior, con nuestra consciencia más profunda, con nuestra yo esencial.

Late, late fuerte cuando pierdes toda esperanza, cuando mueres cada noche, cuando al día siguiente, resucitas de nuevo. Hay siempre un pequeño rasguño en las grietas de todo cielo. Uno mira hacia arriba y ve de nuevo las nubes, el sol luminoso, las montañas a lo lejos. Y luego imagina el mar, sus orillas y playas cambiantes. En cada nuevo día, uno aspira a ser mejor persona, a amar con delicadeza a los demás, incluso abrazar el infortunio, ese que espera en cada esquina, tras cualquier árbol o reflejo.

Desde un punto de vista oriental, casi diría que budista tibetano, todos morimos poco a poco. Cada instante que pasa es un fugaz momento que desaparece. El tiempo es la única medida posible para perpetuar un recuerdo, un intervalo, un sentir. La esperanza de la mañana no es la misma que la esperanza de la noche. La libertad de saber que vamos a morir provoca esa urgencia, provoca ese deseo, esa angustia por correr hacia todas partes.

Aún no lo sabemos, pero estamos viviendo en un mundo de sucedáneos. Nuestra propia arrogancia y languidez nos aleja de lo auténtico. De hecho, lo auténtico, lo diferente, nos da pánico. Todo aquello que no esté a la moda o que no sea aceptado por el común de los mortales, es motivo de espanto. Cuando algo o alguien auténtico se nos acerca, huimos despavoridos. Todos somos copias exactas de otras copias de otras copias. Compramos y vestimos la misma ropa, bebemos las mismas cosas, comemos exactamente lo que come el vecino. Nuestra obsesión durante décadas fue comprar cosas para estar a la moda, al día, con lo último. Ahora nuestra obcecación es la de vivir somnolientos, apartados de la vida, siendo una copia, un sucedáneo sin consciencia, sin autonomía, sin libertad.

Por eso, de alguna manera, cuando uno pierde la esperanza por todo, inclusive por el ser humano, halla cierta libertad. La libertad de estar de vuelta, de ser auténtico, de no ser ninguna copia ni sucedáneo. La libertad de ser un Buda o un Baphomet, de ser crucificado como un Cristo o de ser condenado como un Lucifer. Ser auténtico implica estar condenado al ostracismo, a la indiferencia, al caos. La libertad, cuando carece de esperanza, tiene un coste muy alto.

Lo que poseemos acaba poseyéndonos. El trabajo, la hipoteca, el bienestar, los estragos rudimentarios de la normalidad. Cuando no posees nada, cuando lo has perdido todo, inclusive la esperanza, nace un sentimiento de plenitud absoluta. Cuando has sido despojado de toda atadura, inclusive aquellas que nos imponemos en nuestro imaginario urbano, te despides del mundo y abrazas la resurrección.

Nos perdemos buscando la perfección de las cosas y nos olvidamos del gran gozo y disfrute de lo imperfecto. Esa es la trampa de nuestro tiempo. Un cuerpo imperfecto, un alma imperfecta, una tierra cadente, un cielo gris, un verano frío y silencioso. Olvidamos que el mundo está hecho de pura imperfección, y de ahí nuestra frustración constante. De ahí nuestra esclavitud hacia las cosas perfectas, inabarcables, imposibles. No existe una relación perfecta, ni un amigo perfecto, ni una pareja perfecta. Los cuentos donde la perfección roza la agonía fueron fabricados como adormideras, como somníferos para nuestra alma. No existe una verdadera metamorfosis si antes no ha existido una verdadera autodestrucción.

Es por eso que nos da pánico lo verdadero, lo real, lo imperfecto. Es como rechazar los puntales básicos de cualquier civilización, de cualquier pensamiento ilustrado, de cualquier percepción inteligente. Es por eso que no somos libres. Pero al perder la esperanza en lo perfecto, de nuevo, la libertad. Solo cuando perdemos todo, cuando ya no anhelamos ningún tesoro ni perfección, somos libres para actuar, para vivir, para soñar…

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