Retablos


«La verdad es que, a pesar de las dificultades insuperables, todos nosotros siempre esperamos que algo extraordinario suceda». «Y las montañas hablaron», Khaled Hosseini

Me levanté perezoso a las seis. Un día largo me esperaba. Como llovía, tras acercar al bon home a la estación de tren, volví y me quedé en la oficina, en mi querido balneario. Desde hace tres semanas no paro de trabajar en la editorial, así tengo menos tiempo para pensar, para fugarme y huir a cualquier isla paradisiaca.

Como fue su cumpleaños, me invitó a comer pizza, pues sabe que es la mejor manera de sacarme de mi atolladero. Un alma cándida y noble, de belleza exquisita por dentro y por fuera. Si pudiera y quisiera tener hijos quizás le pedía santo matrimonio. Pero más allá de nuestra profunda amistad, no hay llama que nos acompañe. Así que pasamos un rato hermoso, compartiendo bromas a sabiendas de que en todo el valle somos los solteros de oro, solteros ya casi sin remedio, no sé si por nuestra edad o por nuestras propias exigencias a la hora de elegir pareja. Si tenemos que tirarnos a la piscina, por lo menos que sepamos que va a merecer a pena, dure lo que dure y ese precio es alto, muy alto, y así nos va.

Me llamó después de once años sin saber de él. Me tiene larga estima porque según sus propias palabras, le salvé la vida publicando su poemario. Era o editar un libro o tirarse por la ventana, me dijo agradecido. Nos pusimos al día después de tantos años ausente de tantas y tantas cosas. Me recordó a la bella maga, y me decía que no debía enseñar todos mis ramales mentales. La gente se asusta cuando nota un exceso de inteligencia, me decía congojado. Nunca encontrarás pareja si no escondes algo de esa luz. Como no tengo abuela, cuando alguien me echa algún piropo me retuerzo de alegría, porque todos deseamos que de vez en cuando nos rieguen los oídos con algo bueno y positivo. Lo contrario, aunque esté vestido de sinceridad, produce malestar y destrucción. Así que mejor aprender a decir cosas bonitas, y mejor guardar los torpedos autodestructivos solo para momentos de extrema urgencia. Por cierto, gracias querida Lola por las hermosas palabras de ayer, palabras que resucitan a un muerto.

El día de antes otra amiga me llamó diciendo que debía rebajar mi lista de exigencias. Que no podía ser tan inflexible en un tema tan fluido como es el amor. Me resulta difícil explicar esto sin ser excesivamente arrogante u orgulloso. A veces la soledad es mejor compañera que la necesidad, y por necesidad, no deseo arriesgarme a compartirme a cualquier precio. De ahí que la exigencia siga inmaculada. Desde hace muchos años ya no estoy en venta, ni en lo económico ni en lo profesional ni en lo emocional ni en lo espiritual. No soporto la gente que hace turismo emocional y se vende a cualquier precio, se entrega a cualquier suma o prostituye su cuerpo y su alma solo por búsqueda de placer placebo. Solo obedezco la voz de mi alma, cuando puedo escucharla, porque a veces, el ruido de la vida cotidiana te aleja de su llanto. Y nunca sabes por qué el alma te lleva de un lado para otro, de una persona a otra, pero sé que alguna poderosa razón tiene, y a ella obedezco.

A pesar de las dificultades insuperables, siempre espero que algo extraordinario suceda. Al fin y al cabo, la vida del alma siempre resulta extraordinaria. Incluso cuando nada ocurre, si estás mínimamente en diálogo constante con tu interior, con tu consciencia, con tu yo esencial, siempre ocurre algo extraordinario. El propio hecho de estar vivos, de respirar, de sentirte expandido en el hilo vital ya es motivo suficiente para experimentar la existencia como algo extraordinario. Ojalá este sentir pudiera ser compartido de forma estrecha, en un sempiterno abrazo, en una alianza cómplice y sentida llena de vida, amor y consciencia. Todo esto me lo repito una y otra vez para no olvidarlo. Especialmente ahora, en esta fragilidad que aún debe durarme un tiempo.

En fin, retablos de estos días, por eso de seguir sanando poco a poco. Al final del día uno termina comprendiendo de que no es el tiempo el que lo cura todo, sino la comprensión. Le prometí a mi querida M. que el día uno de julio guardaba mi calimero. Ahora que ya estoy medio bien, cargado de melancolía pero bien, espero poder hacerlo. Lo prometido es deuda. Ya tengo algo de comprensión, y ya ha pasado algo de tiempo. Y quien sabe, a lo mejor a partir de mañana algo extraordinario ocurra.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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