¿Y ahora qué hacemos?


© @ccseyes

«Ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera. Hasta hay un momento, al principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio. Si uno reflexiona, no lo hace. Sé que nunca más saltaré». «La náusea», Jean-Paul Sartre

La madurez, decía John Houston, es la capacidad de aceptar la incertidumbre. Alguien también decía que la madurez era el comenzar a hacernos responsables de los hechos probables, de tomar decisiones y de comprometerse con sus resultados. Después de cuatro años huyendo de cierta realidad, hace cuatro meses decidí arriesgarlo todo a una y tomar una decisión arriesgada en medio de una gran incertidumbre. Al principio parecía que la decisión, el riesgo, había merecido la pena y había sido mágicamente acertado. Sentía que era justamente lo que tenía que suceder, casi diría que era algo inevitable, porque ya llevaba meses sintiéndolo. Pero al final resultó ser todo un auténtico fracaso, un auténtico fiasco, una de esas mentiras burdas de la vida.

Cuatro largos años esperando esta oportunidad para fracasar al primer intento después de descartar cientos de posibles oportunidades. He venido a pasar unas horas a la biblioteca de mi particular balneario porque hoy sentía que debía pensar sobre estas decisiones, sobre estas incertidumbres. ¿Debo ahora esperar otros cuatro años o debo apresurarme a vivir y salir a las calles en búsqueda de esa felicidad añorada? Desde que todo terminó hace casi tres semanas me han llovido todo tipo de ofertas, a cual más motivante. Podría elegir entre todas ellas alguna que pudiera distraer mi cabeza y mi corazón. Podría volver a arriesgar y ver qué pasa, o saltarme todas las reglas autoimpuestas y dejar de ser tan exquisito y pusilánime a la hora de elegir una u otra realidad.

Llega el verano y repaso uno por uno todos los sueños rotos en tan solo unos días. Sueños profundos, sueños locos, pero verdaderos. Los sueños rotos te crean una sensación extraña. Pensar que todo fue una fantasía o una mentira te crea de nuevo un escudo protector, una especie de defensa que te aleja de la vida.

Aún así, mi exigencia sigue en pie, y tiene que ver con el amor, la vida y la consciencia. ¿Cómo volver a retomar esa difícil tarea? Parecía todo tan fácil hace unas semanas. Y ahora, me parece todo tan complejo y difícil y arriesgado. Me dijo una amiga en un paseo reciente que cuando dejara de desearlo esa realidad se manifestaría. Pero a veces pienso que las cosas muchas veces suceden a base de desearlas. Que la realidad muchas veces se construye porque la imaginamos, porque la deseamos ardientemente, porque es algo que viene de un sentir profundo.

Intento sanar estas heridas distrayéndome con mil cosas. La experiencia me dice que es el tiempo el que lo cura todo. Pero ahora el tiempo apremia, porque uno ya no tiene veinte años, y sigo preguntándome porqué tardé cuatro años en dar estos pasos. ¿Qué me hizo esperar tanto, más allá de un dolor y un fracaso aún mucho más profundo que el actual? Interiormente siento que no puedo volver a esperar otros cuatro años.

La vida corre deprisa, y luego no habrá un después. Es ahora o nunca. Es hoy y no mañana. Es aquí y ahora. Así que supongo que, de nuevo la conclusión será, el volver a empezar, el volver a salir al mundo y no dejar pasar el tiempo. ¿Para qué esperar? Las heridas se irán sanando, pero hay que ponerse de nuevo el traje de guerrero y salir a esa batalla. Y lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá.

Dejar de mirar hacia atrás y hacia dentro y empezar a mirar hacia fuera y hacia adelante. Caminar, caminar, caminar siempre con fe y esperanza, acertemos o no. Así que adelante, sigamos nuestros sueños, una y otra vez, que las almas aguardan impacientes el momento de poder atravesar el portal de la vida, el amor y la consciencia. Sigamos, sin miedo, hacia adelante, porque no habrá un después. Saltemos a ese precipicio, ya no hay tiempo para otra cosa.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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