Correspondencias con el ser humano que está despertando


© @victorrcostta

«La vida es todo eso a la vez: lucha e intriga, sabiduría y belleza. Y si ignoras alguno de esos aspectos, pierdes la oportunidad de comprenderla de forma global, y tu capacidad de influir en ella con algo que la oriente hacia un camino mejor». Naguib Mahfuz

Antes de que el ser humano fuera lo que es, dormía. Luego empezó a vivir un mundo de ensoñación y más tarde despertó a una realidad diferente, una realidad llamada por la tradición antigua individualización o humanidad. Está descrita en oriente como la batalla que Arjuna tuvo que enfrentar en el campo de Kurukshetra. Es la gran batalla entre los deseos de la personalidad y la realidad del alma, que intenta manifestarse y apropiarse de la vida unificada. Es un momento de crisis determinante entre la consciencia humana y su móvil inconsciente, ese que aún vive en las sombras del egoísmo y el mundo ilusorio.

Cuando ganamos esa batalla, la batalla de la consciencia contra la inconsciencia animal que muchas veces nos caracteriza, desarrollamos en nuestro interior tres tipos de consciencias: la consciencia sensitiva, la consciencia creativa y la consciencia mental. La paradoja de la evolución humana es que se acredita como algo que debe situarse en relación a sí mismo, a su familia humana y al orden cósmico establecido, es decir, a nuestra realidad como entidades que giran en torno a un astro llamado Sol dentro de un planeta menor llamado Tierra. Nuestra consciencia, siempre expansiva, debe alcanzar una visión y comprensión mayor de todo cuanto le rodea, cuestionándose a cada instante las experiencias que atrae hacia sí misma para su crecimiento y expansión.

Hay muchas oportunidades para hacer el bien en el mundo. Para poder hacer el bien se tiene que tener un tipo de consciencia moral, algo que imprima carácter a nuestra personalidad, y sea capaz de discernir y comprender la valiosa oportunidad de obrar en bondad, sencillez y delicadeza. La batalla de Arjuna trata de eso, de dejar de arrastrarnos por lo instintivo, asociados muchas veces al miedo y la protección, lo cual puede, en muchas ocasiones crear situaciones egoístas, dolorosas o violentas. Desterrar lo instintivo para abrazar lo intuitivo, aquello que nos acerca a la consciencia, al saber, a la voluntad de obrar el bien, al amor compasivo.

Lo que la antigua tradición llamaba alma no es más que un centro de consciencia. Al igual que nuestra mente, nuestras emociones, nuestra energía y nuestro cuerpo físico son un campo de experiencia. Una mente inteligente y analítica no sirve de nada si no tiene consciencia. Tampoco es un campo de experiencia útil si no tiene un corazón noble, una energía limpia y transparente y un cuerpo sano que pueda soportar el peso de toda existencia. Las ideas abstractas pueden ser llevadas a cualquier tipo de comprensión, pero de nada servirá esta comprensión si no puede ser llevada a la acción desde una perspectiva compasiva y amorosa. Es la praxis, y no las palabras, lo que determina nuestro destino.

Dicen que la finalidad de la vida es obtener experiencias para ir mejorando como seres. En el ser humano que está despertando, esas experiencias cada vez son más intensas, críticas y provechosas. De él dependerá su aprovechamiento y su crecimiento posterior. La experiencia se puede obtener de forma inconsciente, lo cual puede producir ensimismamiento en uno mimo y, por lo tanto, nulo aprovechamiento de la misma. Están aquellos que perciben tenuemente algún tipo de aprendizaje, adaptándolo prácticamente a sus modos de vida, normalmente de forma egoísta, sin mayor trascendencia que la de un aprovechamiento práctico. Y están aquellos que perciben la profunda finalidad y aprendizaje de la experiencia, aplicando el poder inteligente del discernimiento y la elección, para extraer con ello todo el beneficio posible, no solo para el crecimiento de su consciencia, sino también, para el crecimiento y expansión de la consciencia grupal.

En el arco ascendente de la vida, debemos observar si deseamos despertar a una consciencia mayor, o simplemente, nos conformarnos con ser meros espectadores de un mundo que, en muchas ocasiones, se nos queda grande, nos oprime o dejamos de corresponder. La vida una se manifiesta en nosotros, y en nosotros debe despertar el deseo de adquirir mayor experiencia para disponer de mayor aprovechamiento de esta oportunidad única e irrepetible de aprendizaje existencial. Todo despertar, todo crecimiento, conduce a crisis inevitables, a encuentros con seres notables que nos ayudarán en nuestro progreso, y momentos difíciles que nos harán recolocar nuestra vida, en la Vida. Podemos entender esta vida como una “prisión” o como una forma de “revelación”. De nosotros, y de nuestra consciencia, dependerá sentirnos de una u otra manera.

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