Comprar galletas y alpiste


«No hay una vida completa. Hay sólo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos pierda entre los dedos. Y, sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños… Hay que ser irreflexivo, como una tortuga. Hay que ser resuelto, ciego. Pues cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia, como arrojar piedras al mar». «Años luz” , James Salter

Esa era mi lista de la compra. Una definición absolutamente realista de mi momento vital. El alpiste para los pajarillos del bosque. Las galletas, para no pensar. Todo lo demás puede esperar. La lealtad, la honestidad, el turismo emocional, la reducción del apetito global por la prima de riesgo, los viajes, las aventuras, los libros. Todo son fragmentos, ahora ya no hay nada completo. Al menos así lo percibo en estos días tristes, solitarios, de pura dejadez.

Llegó por fin el gran diploma de doctor. No me hizo ninguna ilusión, ni siquiera la idea de tener que ir a recogerlo al sur. Tal y como está la gasolina, a uno se le quitan las ganas de ir al Ikea a comprar un gran marco para colgar, aunque solo sea este, algún diploma en la pared. No sé donde tengo todos los demás. Algunos aquí y otros allá, pero ninguno colgado. Hemos nacido para no tener nada, y un diploma más o menos no nos hará especiales, aunque ese diploma sea el de doctor en antropología. Ahora todos ellos me resultan absurdos. Como si todo se perdiera entre los dedos. ¿De qué ha servido todo eso? ¿Para qué, si a cada paso me alejo más de la consciencia y de la vida? Todo supura de forma extraña. Todo carece de sentido cuando te alejas de la creación, de su sentido, de su lógica, cuando el corazón se abandona en esa deriva incierta.

Esta mañana a una de las perritas le dio un síncope en el sendero de los castros. Yo no estaba, me lo contaron los de la casa de acogida. Iba deambulando buscando galletas y alpiste con la moto eléctrica y me paré a comer una cuña de pizza cuatro quesos en una carretera baldía. Allí me llegó la noticia. Por suerte pudieron reanimarla. La ola de calor y sus cosas. Me senté y miraba al infinito, a las montañas del fondo que dividen esta tierra celta del resto del mundo. Me imaginaba qué había más allá y la buscaba entre los mapas imaginados. Mi alma la busca y todo supura. Esta pérdida es como un diluvio de encuentros con la nada, de luchas, de sueños. Me pregunto cual ha sido la razón de conquistar el cielo para luego perderlo de inmediato, en un suspiro, sin motivo alguno, sin explicación alguna, sin oportunidad para remendar las paradojas. Un hola acompañado de un adiós, y todo se acabó.

Luego fui a esa exposición de piedra mineral. Excelentes trabajos, incluso cuando pude adivinar un tratado pitagórico puesto al revés. Me quejé a la autora y dijo que había sido Manolo, que debió ponerlo mal al no entender su significado profundo, esotérico y oculto. Me pareció una aberración, pero fingí que no me importaba y me fui a tomar un refresco. Alguien me hablaba mientras miraba al infinito, ausente. Vino al rato una hermosa mujer con su mismo nombre y se me revolvió toda la tripa. ¿Cómo es posible? Es un nombre tan extraño, ¿por qué se manifiesta en esta realidad de forma tan brusca?

Pues allí estaba, casi con su misma belleza, quizás algo más alta y esbelta. Cogí la moto y me marché corriendo, abatido, desesperado. Me encerré en la cabaña justo antes de las lluvias, cogí las galletas y me hice un gran vaso de leche con avena en polvo, para no pensar. Me sentía apático e irreflexivo como una tortuga. ¿Qué significado oculto tiene todo? ¿Por qué los umbrales me atosigan cuando la calma se derrama por cada avatar? No se puede dejar de amar, si has amado. ¿Cómo se deja de amar?

Me llamaron las antropólogas, la entrevista de hace cuatro meses, aquella que me causó contraer la enfermedad que me condujo a estar una semana en cama y gracias a eso poder conocerla, se había borrado casi entera. Vaya por Dios, pensé. De nuevo la entrevista. Quien sabe, a lo mejor es la señal de algo. Hay que ser resuelto, quizás algo ciego para no ver más allá del dolor. Sea como sea, cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Yo diría que nos impide hacer la cosa correcta. ¿Qué sería en este caso lo correcto? ¿Vencer o morir, que diría Shakespeare? Morir es dormir… y tal vez soñar… Graciosa niña, espero que mis defectos no sean olvidados en tus oraciones. Ser o no ser, ese es el dilema. Mañana contesto la entrevista. Necesito escribir. Siempre fue mi terapia. Escribir alguna tontería para aliviar el alma. Sí, es terapéutico. Es sanador. Como subir a la montaña o nadar en un río de agua helada.

Llamó poco después mi hermana en el cumpleaños de mi madre y nos sorprendió con una nueva noticia. Que dice que se casa. Sentí una gran alegría por ellas, y una gran tristeza por mí. Me hubiera gustado casarme y tener hijos y vivir una vida normalizada. Pero no, tuve que venir a vivir a una cabaña en un precioso bosque donde ni las moscas se atreven a venir. A pesar de ello, no deja de ser curioso. Aún sigo mirando todos los días esperanzado por la ventana. Y veo el bosque, y el verde oceánico, y casi puedo escuchar el murmullo de duendes y elfos que susurran como si fueran niños. Niños que esperan, niños que tejen algo dentro, algo indestructible. Miro, no paro de mirar, no sé porqué. Pero miro y observo y recuerdo el aullido de aquellos lobos, como si fuera la primera vez. Los lobos, la entrevista de las antropólogas, el bosque, las montañas…

Una buena amiga me llama todos los días para ver como estoy y para recordarme que esto no es vida, que viviendo en un bosque jamás podré tener una vida normal, ni tener pareja ni familia. Tiene razón, pero después de haber vivido aquí, no podría vivir en ningún otro lugar, a pesar de todas las angustias pasadas por un mal pagado amor. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia para el vasto universo, como arrojar piedras al mar, o comprar en un día cualquier galletas y alpiste. Si alguien en un infinito arrojadizo pudiera entender la trascendencia de todo esto, supondría un éxito para todo el ciclo amoroso. Por si acaso los astros cambiaran de posición, seguiré mirando por la ventana. Nunca se sabe. La vida siempre resulta extraña y milagrosa. La Vida siempre se abre camino de la forma más misteriosa posible.

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