Soy un gran admirador de tu Obra


© @bidam368

«Uno no puede sentarse a esperar el pasado. El tiempo y los ríos no corren para atrás”. “Lo bello y lo triste», Yasunari Kawabata

Tus cicatrices, tu talento. Hay algo de misterioso en todo. En la yedra, en el viento, en el páramo. Soy un gran admirador de tu Obra. Noto cómo respira, cómo crece, cómo se alimenta y expande. Veo en ella algo extraordinario, a la vez que temible. Siento miedo por la muerte, y siento miedo por la vida. Es como si cada gota de lluvia guardara algún secreto, y nadie, a pesar de sentirla todos los días, pudiera descifrarlo.

Cuando miro al cielo, cambiante y fijo a la vez, percibo algún tipo de halo. Gloria insigne cada vez que el sol se pone y sobreviene la oscuridad. Hay una calma extraña en la bóveda celeste, en sus rincones más remotos, en los remolinos misteriosos que se perciben a lo lejos en forma de espiral. Hay una música, una sonora voz ligada al silencio, a lo inaudible de nuestra pequeñez. En la aurora se percibe ese halo mistérico, ese arquetipo que nos llena de desesperación a cada instante de pura lucidez. Inteligencia, consciencia, misterio.

Desaparezco en la persona a la que amo. Soy como una membrana permeable que lo doy todo cuando me postro sincero ante la inmensidad, engullido siempre por la desesperación de mi ignorancia, sin recibir nunca nada a cambio. Tu Obra se derrama en lo grande y en lo pequeño. En el tacto suave de una caricia, en la levedad sincera de una lágrima, en los espacios cósmicos infinitos, en el inevitable recuerdo. Incluso en la inerte espera.

Suenas apabullante en los delfines aplaudiendo en un océano infinito. En las hojas otoñales cayendo a un suelo húmedo que también son como páginas de un libro nunca escrito. Flores que nacen y renacen cuando el sol refleja un espectro especialmente armónico y delicado. La Obra es perfecta, aunque dolorosa. Las nubes derraman sobre las montañas sus tesoros rociados mientras que el pajarillo escarba en la tierra en busca de alimento, sin importarle lo acuoso del momento. Canta igualmente, agradecido, llueva o haga sol. Canta cuando el amor inconsciente de su reino asoma en cada florecimiento. Canta como yo canto, a pesar del dolor, de la soledad, del silencio arrebatador.

Tu Obra es perfecta incluso cuando perdemos el apetito por la vida. Cuando dejamos de maravillarnos por todo. Cuando miramos al suelo melancólicos, en vez de saborear el tacto de las estrellas palpitantes. Es todo perfecto incluso en el error, en el fracaso, en la muerte de algo que podría haber sido. Incluso cuando la pasión desaparece y el aullido del lobo y de la tribu prescriben de los tambores interiores. Incluso ahí todo es admirable. Incluso en la ausencia, la mentira o la maldad cruel que derraman sobre nosotros.

En la Traviata o en Der holle rache, esa Aria de la reina de la noche de toda flauta mágica. Aún rotos los lazos con la naturaleza, el ímpetu de la vida se desarrolla incesante, arrebatadora. Es la dolce far niente de toda creación. El séptimo día donde se consigue el equilibrio atravesando todo conflicto. El día del descanso, de la plenitud, del gozo, de la música. En esa pureza inocente luce todo brillante. Después del esfuerzo, del duro trabajo, de la conquista o la pérdida, viene la tregua, el aliviado respiro. Ese desfile de promesas y sueños rotos. Esos amargos recuerdos de lo que nunca fue, y podría haber sido.

En tu gran Obra hay grietas y errores por donde también entra la luz. Es la mística de lo quebrado, de lo roto, de lo inaccesible. Es el llanto vaporoso del suspiro apagado. Es la soledad en una noche extinta, temblando de miedo, angustiado por el pavor que se aproxima a cualquier abismo. Siento admiración por ver como también te encuentras ahí, sigiloso, esperando a que nos levantemos del suelo, suplicantes por un mañana distinto. También ahí, te encuentras a mi lado, en ese telar que va tejiendo realidades, posibilidades, potencias infinitas. ¿Cuál de todas elegir sin temor a equivocarnos?

Como decía el Salmo, todas tus sendas me son familiares. Sobre cada bella herida, sobre cada ruina, construyes tu templo. Los vestigios son un regalo, son un camino hacia algún tipo de transformación, de cambio, de esperanza. ¿Estamos listos para caminar juntos y admirar tu gran Obra? ¿Estamos preparados para soportar esa adoración, ese afecto y culto hacia tu misterio? ¿Inclusive con sus errores, con sus fallas, con sus noches amargas y duras?

Nada es para siempre… excepto tu Gran Obra, por eso tu mandamiento siempre nos dice que debemos volver a creer en el amor. Perder el equilibrio con el amor, es parte de vivir en equilibrio. A pesar de las grietas, soy un gran admirador de tu Obra. No puedo evitar creer en ello después de lo que he vivido. Ojalá todo fuera cierto y ojalá tu sueño se volviera a manifestar en nosotros. Mientras la vida ocurre, crucemos todas las orillas y abracemos el infortunio, la tempestad, el amor.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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