Redención


© @gabrielevinci

«Todos mis días he anhelado por igual viajar por el camino correcto y tomar mi propio camino errante». Sigrid Undset

Siempre pensé, como buen soñador, que el mundo podría redimirse. Que el ser humano, en su naturaleza más pura, tenía capacidad de cambiar hacia una consciencia mayor. Me aferro a la redención, a la esperanza, hasta el último instante, hasta el último aliento. Quizás por ello me aferro a la utopía, intento crearlas, intento, a pesar del sufrimiento a veces irracional y gratuito, llevarlas hasta el último extremo. Me ocurre en la vida, me ocurre en el amor.

Es una especie de compromiso con el alma. Sabemos que nuestra naturaleza humana está errada, cargada de errores de fabricación, de piezas estropeadas por millones de años de involución perturbadora. Nuestros antepasados sobrevivieron a todo tipo de maldades, guerras, violaciones, hambrunas, enfermedades. Nosotros somos el resultado de todos esos traumas no sanados, traumas que de alguna manera impregnan nuestra naturaleza, nuestra propia herencia. De ahí nacen nuestra rabia, nuestra inquina, nuestra sinrazón, nuestras noches oscuras.

No importan los escenarios. Lo importante es intentarlo una y otra vez. Cambiamos de vida, cambiamos de trabajo, cambiamos de parejas, pero la esencia es la misma. La batalla no es contra los otros, sino contra nosotros mismos. Cuando descubrimos eso, también descubrimos que la batalla del otro es consigo mismo. De ahí la imaginaria y necesaria necesidad de redención. Redimirnos a nosotros mismos para redimir a su vez la naturaleza humana, y redimir al otro.

Cuando algo fracasa exteriormente es porque algo ha fracasado interiormente. Especialmente la visión errónea de creernos a salvo de todo ese trauma heredado. Lidiar con nuestras imperfecciones y encontrar a alguien capaz de lidiar con las suyas sin salir huyendo quizás sea lo más complejo de todo. He conocido personas felices que provienen de entornos felices que igualmente han padecido el sufrimiento humano. Y de igual manera, he conocido a personas desdichadas e infelices que en algún momento acariciaron la paz. Quizás fue un momento leve, mirando el verde de  una colina, un atardecer, abrazada a un ser querido, en una noche de pasión y afecto, pero ahí estaba la chispa, el anhelo de amor, el deseo de redención y esperanza. Una luz que brilla en todos nuestros caminos, un faro que desea alimentar nuestras vidas hacia un futuro digno y noble.

Debemos siempre perseguir lo que excede a nuestra comprensión. Somos limitados y la tribu, con sus modas y sus desmanes, intenta dirigir nuestras vidas hacia una premisa, hacia un destino común. Nuestro propio camino errante a veces difiere del camino correcto. A veces el dolor y el sufrimiento es la consigna que nos indica que estamos vivos, y que estamos caminando hacia alguna parte. Encerrarnos cobardes en los deseos del camino correcto, del camino que la tribu desea para nosotros, es abocarnos a la insensatez paralizante de huir de nosotros mismos, de nuestro centro, de nuestro corazón. ¿Qué reclama nuestra alma, cual es nuestro secreto deseo?

Estos días pasados he muerto de rabia y desesperación, de dolor y sufrimiento. He sentido una insoportable angustia. Por las noches, desnudo ante la inmensidad del infinito, me miraba, me abrazaba, y deseaba profundamente redimirme. No por mis errores, no por mis frecuentes exigencias inútiles, faltas, tropiezos, omisiones, deslices, o descuidos. La naturaleza humana, cuando se mueve y no se estanca, tiende al error, al caos. Deseaba redimirme para no perder la esperanza. Para seguir adelante en lo bueno y en lo malo. Para seguir soñando a pesar de todo, y seguir abrazando con fuerza la dulce y bella sonrisa de la alborada. No te rindas. No me rindo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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