Si es amor… entonces ama…


© Dianne Woods

“Conozco tu oscuridad, pero también en ella veo un montón de estrellas”. Ron Lorent

Abrazo su Biblia todas las noches, dejando caer sobre ella lágrimas pesadas como juicios. La tierra parece un desolado desierto que debo atravesar buscando las caras familiares. No hay que tener miedo a perder a quien no se siente afortunado de tenerte, a pesar de que pueda parecer una cara familiar. ¿Es posible pertenecer a alguien antes de conocerlo?

De qué sirven las ventanas si no tienen vistas en esta sofocante estructura jerárquica, en esta ahora cumbre borrascosa. El amor persigue al amor, y es por ello que persiste. Incluso en las tinieblas de la noche oscura. El amor siempre es más ancho que el cielo y, por lo tanto, siempre más vasto que toda nuestra limitada existencia. Se dilata hacia el infinito inconmensurable, y abarca todo cuanto late en su extensión desde algo que se está perdiendo: la relación. Entre el miedo y la tristeza, hay dentro de mí un amor invencible, un amor que desea relacionarse. El amor es luz, e ilumina todas las noches oscuras.

Estamos ahora a medias, porque el corazón lo tenemos en otra parte, en ese mar de barro turbio, angosto, distante. Siento como si la perspectiva de su vida, hubiera cambiado la mía para siempre. En su abrazo sentía sentirme seguro y a salvo, sabía quién era, hasta que desperté y todo desapareció. Terminó esa noche infinita, ese amanecer juntos, esa pasión eléctrica y sincera.

Recluido en mi pequeño balneario, ayer fui caminando hasta una de esas casas que vimos juntos. Me senté en alguna parte imaginando lo que podría haber sido, y era bello. Escuchaba los niños gritar, subidos a cualquier roble, cantando en los prados adyacentes. Era bello y esperanzador para este mundo que empuja en contra de todo. Me imaginaba allí, recordando cuando cogidos de la mano, volcábamos en ese prado nuestra última esperanza.

Hay un momento de redención en cada fracaso, en cada lágrima derramada, en cada sufrimiento y dolor. Hay un momento donde cada uno sujeta con fuerza el extremo del lazo y aprieta con sus manos ese límite impuesto, esa separación injusta. Es un acto a ciegas, es una acción desesperada. Lloro sobre su Biblia, lloro sobre sus últimas notas. “Espérame”, decía en un grito desesperado. “El amor es inevitable”.

Aquello que hay entre la razón y la locura es todo lo que nos une y nos separa. Es un verbo, una sílaba, una sinalefa, un pensamiento errante o una surtida promesa. Si es amor, ¿entonces qué? ¿Qué hacemos? Nos decíamos una y otra vez incrédulos mientras imaginábamos mundos posibles. Tantas cosas nos separaban al mismo tiempo que tantas cosas nos unían. “Sí, están ahí, esperando, empujando”, nos decíamos en la noche oscura y pasional, bajo el cuarto creciente que deambulaba entre las sombras de robles y abedules de ese bosque encantado. Abrazados íntimamente, desesperados, sentíamos que estaban ahí, esperando una oportunidad.

Estoy perdido, han sido unos días de constante pérdida. Esa pérdida que se desliza como un naufragio vacío y yermo en el páramo del alma. Ese quebranto que merma ante la presión y el miedo. Como una gracia anticipada, un perdón que aceptamos en aquel paraíso extraviado. A veces cuando nos apartamos, es cuando más nos necesitamos. Pero ahora hay un insoportable silencio. Ni siquiera en la pantalla aparece ese esperanzador “en línea”. No es tan solo la pérdida lo que acongoja nuestros corazones, es la necesidad de redención. Es como si a cada nuevo despertar, fuéramos conscientes de haber perdido no solo un aliento, sino seis más, o quizás siete. “Sí, están ahí, esperando, empujando”, pero ahora, totalmente desconcertados y desesperados al haber perdido el billete de retorno, del eterno retorno.

Lo he perdido todo, me repito por dentro. Todo se ha quebrado. Los niños, el bosque, la cabaña, el verde oceánico. Nada tiene sentido si no era dentro de aquel sueño lleno de vida y esperanza, de aquella posibilidad entre tantas. La diligencia y la constancia no fueron suficientes. Faltó quizás lo más importante, quizás lo que hace que la vida sea como es: delicadeza. Esa dulzura elegante, distinguida, refinada. Esa paciente espera fina, escrupulosa, cortés, amable. Siempre fui impaciente para todo, incluso para amar. ¿Cómo amar sin desesperación, sin urgencia en un mundo que se acaba, en un mundo agotado?

Vemos la vida en su totalidad, pero a cada instante escogemos ser lo que somos. Con nuestras victorias y nuestros fracasos, con nuestros intentos y nuestras rendiciones, con nuestros errores y torpezas, algunas pequeñas, pero fulminantes. Las naturalezas preponderantes se oponen entre sí. Lo elevado, lo realmente excelso, destacado y superior, siempre es delicado, tierno, frágil. Tan frágil y endeble que a veces se rompe y se quiebra en nuestras manos.

Si hay amor, puedes. Si cuando dos estrellas se miran hay amor, y hay perdón, toda la galaxia se conmueve. Esa es la delicadeza de las cosas. El amor persigue al amor, incluso en la noche oscura. Como dijo el poeta, quien ama nunca sabe lo que ama, ni sabe por qué ama, y qué es amar… Amar es la eterna inocencia, y la única inocencia, no pensar… El amor no se piensa. El amor es inevitable en nuestras vidas. Es, si perdura realmente, invencible.

Si es amor… entonces ama…

Ama y sigue viviendo…

Brindemos por las veces que ni dándolo todo, fue suficiente, decían los traficantes de sueños. Supongo, como decía el poeta, que al final somos de quienes se atreven a quedarse a nuestro lado sin importar lo difícil que se vuelva el camino. Eso es lo realmente invencible. Ahí están el montón de estrellas, esperando una oportunidad más.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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