Buscando refugio


Tras traspasar toda la mercancía en la frontera con Ucrania y ver en vivo la desesperación de la guerra llegamos a Cracovia, hermosa ciudad polaca, donde pudimos descansar durante tres horas. A las siete estábamos desayunando y acomodando a una veintena de refugiados en las furgonetas para regresar a lugar seguro.

Al principio las caras de los refugiados eran de susto y desconfianza. Dejaban todo, se subían en un coche con gente que nunca habían visto y dejaban toda su vida en nuestras manos. Conducir durante tantos kilómetros con tamaña responsabilidad es complejo. Agotados por el viaje de ida, ahora teníamos que afrontar el viaje de vuelta con el compromiso de que esas personas lleguen a un lugar seguro. La mayoría mujeres jóvenes, algunas con niños que jugaban, sin conocerse, entre ellos. Ajenos a la guerra, como si eso fuera un juego de mayores que no va con ellos. Ajenos también a lo que ese viaje de ida, y no se sabe si de vuelta, significará para toda su existencia.

Hablaba como podía con unos y con otros. A veces con señas, a veces en inglés, a veces con sonrisas, a veces de cualquier manera con tal de que se sintieran acompañadas y tranquilas. Dar seguridad al otro, apoyo, compromiso, responsabilidad, es algo complejo. Era muy consciente de que esas personas vulnerables necesitaban sentir seguridad. Por eso nuestras miradas y gestos estaban encaminados a que se sintieran protegidos. Con los niños es fácil conseguirlo. Con los adultos requiere de mayor paciencia y tacto. Tratar con personas vulnerables o en riesgo de exclusión es la tarea más difícil de todas. Sobre todo porque tratas con la dignidad del ser humano, lo único que merece la pena cuidar como lo más valioso de nuestras vidas.

Inés, una ucraniana que hablaba algo de español, nos decía que su viaje era de ida, pero no de vuelta. Con un hijo pequeño y un padre desaparecido, no tenía ninguna esperanza de volver a su país. “Me quedaré para siempre en España”, decía con una tristeza difícilmente descriptible. Algunos intentan tomarse el viaje como algo divertido, como una aventura, pero cuando se quedan a solas, mirando cabizbajos a la nada, descubres el pesar profundo de lo que les está pasando por dentro. Personas que hasta hace poco vivían una vida normal, muy parecida a la nuestra, y de repente lo pierden todo, absolutamente todo.

Ayer Helena, la bailarina, nos enseñaba las fotos de cuándo su vida era normal. Su perro, su casa, sus amigos, sus espectáculos en todo tipo de lugares. No paraba de abrazarnos agradecida por nuestro gesto, por nuestra pequeña épica de ayuda humanitaria. Su vida ya había terminado, al menos su vida de música y baile, al menos durante mucho tiempo. ¿Quién desea bailar y reír cuando otros mueren?

Victoria nos contaba que era abogada en su país, pero estaba estudiando pedagogía. Estaba cansada de ejercer el derecho y quería centrar su vida en la educación de los niños. Le han acogido en un camping de Málaga y allí estará un tiempo hasta que pueda viajar a Alemania, donde tiene amigos que la pueden acoger. Quizás durante mucho tiempo no podrá ejercer ninguna de sus profesiones. Ahora todo es volver a empezar en países lejanos, costumbres diferentes, gente diferente.

Hay una anciana que va con su gato. No se despega de él. Se la ve profundamente triste. Solo nos pregunta cuánto queda para llegar. A esas edades, perderlo todo y volver a empezar carece de sentido. No hay esperanza, ni sentido de continuidad, ni nada a qué agarrarse. Deambula sola, mirando a unos y otros, y quizás preguntándose qué será de ella en lo que le resta de vida útil. ¿Quién la cuidará? ¿Dónde? ¿Cómo? La miro y siento una gran ternura al mismo tiempo que una gran tristeza.

También por esa familia de dos hijos que intentan disimular ante ellos la gravedad del asunto. O esa joven hermosa, tímida, que no habla con nadie, que se encierra cabizbaja en sus pensamientos, en sus recuerdos, en sus añoranzas, en su vida truncada, con esos profundos ojos azules que esconde tras intensas caladas de tabaco. Observo a cada uno de ellos y saco una profunda enseñanza, una profunda sensación de humanidad. Hemos hecho lo que hemos podido. Simples mensajeros, chóferes por unos días, ojalá también que amanuenses de la esperanza, profetas de un mundo nuevo y bueno.

Inés se acercó porque me veía a veces ausente por mis propias inquietudes internas. Me hacía bromas porque no como carne y no fumo y no bebo alcohol. “Así siempre vas a estar solo”, me decía… “Tienes que comer carne y hacer algo para que las chicas se fijen en ti”… Me hacían gracia sus comentarios. Se ha puesto enferma en el viaje y he intentado cuidar de ella con compasión, jugar con su hijo, localizarle alguna pastilla para el malestar, darle conversación. La veo tan frágil, tan delgada, tan triste. “Eres buena gente, seguro que encuentras a alguien”. Me repetía una y otra vez, como si de alguna manera, su ser hubiera captado mi melancolía y quisiera ayudarme como yo la ayudo a ella. La miraba sonriendo y le decía que los vegetarianos somos fuertes y resistimos cualquier envite. Luego me marchaba a pasear en los descansos mirando el cielo y mirando con ternura a cada uno de estos refugiados que cargan en sus vidas una experiencia inenarrable.

Escribo desde el asiento del copiloto, en alguna parte del sur de Alemania. Es mi turno de descanso. Tengo a mi lado un cucurucho de plastelina que una de las niñas ucranianas ha hecho para mí. Lo miro con ternura mientras ella duerme a mis espaldas. Miro la carretera. Aún quedan muchas horas de viaje. Miro el cielo oscuro, tranquilo, apacible. Ayer dormimos tres horas, hoy esperemos que sean algunas más. Mañana será otro día. La vida sigue.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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