Desde la frontera con Ucrania


 

Después de dos días conduciendo día y noche, pude dormir tres horas en la furgoneta mientras el otro conductor me relevaba. Atravesamos España, Francia, Alemania, República Checa y Polonia hasta llegar a Medika, en la frontera con Ucrania. La idea primera era llevar la ayuda directamente a Ucrania, pero al final nos quedamos en la frontera, donde nos esperaban algunas ONGs para poder recoger los medicamentos y la comida que hemos traído. Aquí hemos escuchado los testimonios de los voluntarios y la sensación de impotencia iba creciendo a medida que escuchábamos a unos y otros.

Justo ahora, detrás mía tenemos a una madre y su hijo junto a una voluntaria que nos acompaña en el coche hasta España. Dejamos comida y recogemos seres humanos cansados, desvalidos. Comparto con el niño algo de comida, ajeno a todo lo que está pasando, como si todo fuera un paseo o una aventura que no termina de entender.

Inés, la joven madre, nos cuenta su aventura, sus miedos, la angustia que ha vivido en todo este tiempo. Salen refugiados de Ucrania y entran los que se atreven a volver. Hay unas colas inmensas, de hasta cuatro días, nos cuentan, para poder entrar al país. Aparcamos junto a ellos, familias enteras que se atreven a regresar a sus casas, o a lo que quede de ellas. Cuatro días esperando en la intemperie, en un largo corredor humano. Nos sorprende ver también largas colas de camiones con coches. Nos dicen que son para restituir todos los que los rusos han destruido. Las voluntarias nos confiesan que en esa larga fila hay de todo, inclusive tráfico de armas.

Una de las voluntarias de origen ucraniano nos recibe con un soldado del ejército canadiense que está entrenando a milicias ucranianas, literalmente, para aprender a matar. Su relato nos conmueve. Enseñar a matar para defenderse de una situación que nadie esperaba, que nadie deseaba, que nadie imaginaba. Aprender a matar a jóvenes que también han sido entrenados para matar a otros jóvenes que no sabían que alguien alguna vez querrían matarlos.

Una de las voluntarias de una ONG paquistaní nos relata cómo escuchaba las bombas cuando iban a llevar alimentos al país invadido. Todos coinciden en que lo que más hace falta son alimentos. Los voluntarios españoles hacen incursiones diarias para llevar comida a todas partes. Una de ellas nos relata que van a menudo a las aldeas de la zona de Chernóbil para repartir alimentos. Todos necesitan comida y la comida no termina de llegar. Si no fuera por estos ángeles que ayudan de forma anónima la situación sería más crítica.

Viendo todo lo que vemos me doy cuenta de lo egoístas que somos. Aquí me doy cuenta de la existencia a veces miserable que llevamos en nuestras vidas… solo pensando en nosotros, en nuestros problemas… Cuando podemos ver estas realidades de frente, uno piensa que no tiene derecho a quejarse más… aquí las caras, los rostros tristes y desamparados lo dicen todo.

Son las once de la noche. Escribo desde el coche mientras escucho al niño jugar, un joven refugiado, que buscará una vida nueva con su madre en España. Aún tenemos que descargar la otra mitad de alimentos y medicinas a una cuarta ONG. Es tarde, estamos cansados. Me miro en el espejo interior y me siento miserable, abandonado en un mundo horrible de guerras y traición a la vida. Un mundo carente de compromiso, de amor, de responsabilidad. Un mundo que se acaba y termina, un mundo que huye hacia el final. Ese mundo desesperado, ya sin esperanza, sin vida, sin consciencia. Hoy siento que termina algo que hasta hace muy poco lo era todo. Hoy siento que la vida acaba, y empieza la supervivencia.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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