Viaje en son de paz a Ucrania


Llegué tarde a Carranque, al primer lugar de encuentro. Me acomodaron en una hermosa sala de meditación y yoga, toda forrada de madera, con forma circular y con vistas al infinito. Dormí poco junto a la figura de yoguis de la India, quizás un par de horas, pensando todo el rato en la llama… Sí, en esa llama que me da vida y me enciende cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Sentí que flotaba. Tres o cuatro horas después ya estábamos despiertos, empujando dentro de la furgoneta los últimos medicamentos para Ucrania. A las cuatro de la madrugada salimos. Nos encontramos con el resto del convoy en Madrid y de ahí subimos dirección a Francia.

Alistarse a las milicias de voluntarios de ayuda urgente para Ucrania puede resultar épico y valiente. Supongo que es de las pocas cosas épicas que uno puede hacer hoy día por los demás. Más allá de mirarnos nuestro ombligo, de pasearnos por nuestras preocupaciones, de visitar frecuentemente nuestros anhelos y frustraciones, de ir cabizbajo porque nuestra vida es así o asá, siempre en la queja, siempre en lo mal que va todo. Bueno, ahí está la humanidad, la doliente humanidad que en unos días veremos de cara, frente a frente. Hoy atravesamos toda Francia, mañana Alemania, Checoslovaquia y Polonia hasta llegar el miércoles a la frontera con Ucrania. Por turnos, sin dormir, sin descansar hasta nuestro destino.

Conduciremos toda la noche y todo el día. Dos chóferes por furgoneta. Cuatro furgonetas en total cargadas con todo tipo de cosas urgentes y necesarias. Para los soldados, para orfanatos, para los heridos… Pensábamos en un momento llegar hasta Leopolis, pero hace unos días bombardearon esa ciudad y por prudencia, hemos quedado con nuestros contactos en la frontera. Allí descargaremos toda la mercancía e iremos a Cracovia a recoger a los refugiados. Nos dicen que hay lista de espera, que la gente quiere marcharse de allí. Tenemos pocas plazas, así que suponemos que habrá algo de tensión en la recogida.

Todos los que vamos somos voluntarios. Conducimos gratis y nos hacemos cargo de los gastos que supone este tipo de hazañas (gracias y bienvenidos a los que quieran echar una mano). No sabemos muy bien qué es lo que nos mueve. A veces un poco el ego, a veces otro poco la necesidad de huir, otras las ganas de ayudar, el humanismo en ciernes, nunca se sabe. Quizás una mezcla de todo, porque uno nunca sabe qué hacer cuando el mundo se desmorona y cuando todo carece de sentido.

Mientras conducía se avivó la llama. No puedo describir exactamente el significado profundo de lo que esa llama desea, transfiere en mi ser, aviva en mi alma. La llama que aflora desde dentro, la llama que aviva el fuego doliente del alma que grita. La llama que une corazones y abraza el amor sempiterno, ese que trasciende las edades, ese que reclama su posicionamiento en el ciclo de la Vida. La llama aflora en este viaje con fuerza, y recuerdo, o más bien me imagino, aquella incombustible pareja que durante un año se separó, uno en Alemania, otro en la llanura castellana, esperando el momento, esperando la unión que diera sentido a sus vidas. La llama… es el verdadero anhelo de la Vida que quiere expresarse… ¡Dad paso a la vida! Decía el poeta…

La épica del héroe de nuestros días, decíamos ayer. Ahora siento que la épica más profunda es aquella que roza lo ordinario y hace de ello algo extraordinario. No hay epopeya más grata que la balada de un simple abrazo, de esos sentidos, de esos anhelados. Un abrazo hacia uno mismo, un abrazo hacia el otro, un abrazo hacia el mundo. Como este viaje, un pequeño gesto que recibirá la ovación y el agradecimiento de un puñado de almas salvadas de una pesadilla terrible. Sí, vamos a la guerra, pero en son de paz, en son de amor, con el deseo de que la llama de la virtud sucumba en todos. A Ucrania por amor, ahora sí.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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