Grandes esperanzas


© @britt1343

“La amé en contra de la razón, en contra de la promesa, en contra de la paz, en contra de la esperanza, en contra de la felicidad, en contra de todo desaliento que pudiera haber.” Grandes esperanzas, Charles Dickens

Qué nos queda más allá de la esperanza. Aún en contra de la razón, en contra de cualquier promesa, en contra de alcanzar algo de paz, en contra a veces incluso de nuestra propia felicidad y de todo desaliento que pueda existir. Si te aferras a la vida aún en tu último aliento, es porque siempre guardamos esa esperanza. A veces la esperanza a la vida eterna, otras al descanso eterno. Pero ahí andamos aferrados a ella. También en el amor. Aún cuando todos los cíclopes del mundo advienen en tu contra, te aferras a ese trozo, a esa brecha, a ese ápice de esperanza.

A veces la esperanza es dolorosa. Lo saben los soñadores, los románticos, los utópicos que creen que otro mundo es posible. Lo saben los que aman por encima de todas las cosas o los que viven incluso en momentos en los que solo se desea la muerte. La esperanza a veces es mansa, otras tumultuosa. A veces son pequeñas esperanzas como esas en las que esperamos que todo vaya bien, que no ocurra nada doloso, que la vida sea sencilla sin excesivos sobresaltos. Otras son grandes esperanzas sobre la paz mundial, sobre la felicidad de todos los seres sintientes o sobre que no se acabe el mundo ni la vida tal y como la conocemos.

No me sirve tan mansa la esperanza, decía el poeta. La esperanza tan dulce, tan pulida, tan triste, la promesa tan leve, no me sirve. Son fastidiosas esas promesas que nunca se cumplen. Esos brindis al sol que debilitan toda alma humana. La esperanza debe poseer algo de coraje, algo de osadía, algo de perseverancia, de integridad. Debe haber confianza en la esperanza. El ser humano tiene esperanza por todo.

Nos sirve cuando avanza la confianza. Pero todos sabemos lo fácil que es quebrarla. A cada instante tenemos esa lucha constante por ser íntegros, sanos, virtuosos. Pero a cada momento sabemos lo fácil que es dañar esa confianza en nosotros y en los demás. Cualquier dolor lástima nuestras carnes y la de los otros. Un dolor pausado, un dolor triste, enfermo, un dolor anestesiado.

Por eso a veces nos sirve el silencio franco, la mirada generosa y firme. La mano segura nos sirve, porque nos da fuerzas, aliento, apoyo. El calor, siempre el calor de la compañía amable, alegre, segura. Nos gusta agarrarnos a esa firmeza, sea nuestra o la del otro. Firmeza, valentía, riesgo. Ahí reside la fuerza de la esperanza, en su raigambre, en su compostura férrea, en ese enjambre de avenidas inmensas, en esos bosques oscuros en mitad de toda noche. El mundo no existiría sin esa perseverante esperanza. Y de todas ellas, la esperanza del amor. Tú y yo existimos porque alguien alguna vez pensó que el amor lo podría todo. Y eso dio vida, oportunidad, más esperanza.

Pd. Gracias querido Vicente, amigo del alma, por recordarme hoy la importancia de la esperanza. Gracias por acompañarnos con ese hermoso grupo. Gracias por tu amor y cariño, siempre fuerte, perseverante, sincero. 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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