La vida es bella…


© @vesajuujarvi

Decía Oscar Wilde en su prólogo a “El retrato de Dorian Gray”, que el artista es el que crea cosas bellas. Nos decía que revelar el arte y ocultar al artista suponía el fin del arte. Esto es una gran paradoja porque uno siempre puede pensar que el artista es un mero instrumento, a veces más o menos egoico, para que al Arte se manifieste. La gente culta, o la gente de culto, es aquella que es capaz de ver la propia belleza en las cosas bellas. Pero también aquella que es capaz de sacar jugo, experiencia o hermosura a esas cosas que a veces nos parecen horrendas. Esto nos recuerda a relato de León Tolstói en el que nos habla de un Jesús caminando por el desierto, advirtiendo la belleza de la dentadura de aquel perro putrefacto y diciendo aquello de: mirad, sus dientes brillan como perlas.

Es cierto que ahí lo culto se transforma en devoción hacia la vida. Ver la belleza en todas partes, incluso en la fealdad, es solo para elegidos, para iniciados en otro tipo de universos. Atravesar un momento oscuro, terrible, y poder sacar lo mejor de nosotros es toda una maestría, como aquella tan hermosa relatada en la película “La vida es bella”, donde un optimista Roberto Benigni nos lleva a un mundo de posibilidades en momentos complejos. Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor, y como una fábula, está llena de maravillas y felicidad… empezaba así la película. La vida en el fondo no es sencilla, está llena siempre de dolor, pero siempre encierra, para quien quiera verlo, maravillas y felicidad.

A veces sentimos rabia, como Calibán, al no ver nuestro rostro reflejado en el espejo de la vida. Nuestra parte más bruta nos ciega, nos llena de rabia y locura, nos aleja de lo sutil, de lo bello, de lo supremo. Así es difícil encontrarnos con el Ariel shakesperiano. A veces preferimos ser más ese rudo y salvaje Calibán que ese elevado y espiritual Ariel. De ahí que ver belleza donde no la hay es solo para iniciados, para sublimes maestros en el arte de la vida.

Todo arte, como todo amor, es a la vez superficie y símbolo. Hay un mapa, un terreno por explorar y un arquetipo invisible, una enseñanza, un conocimiento oculto. El arte, el amor, la belleza, pueden parecer inútiles, como defendía Oscar Wilde, pero sin embargo, pueden encerrar una gran valía. ¿Acaso es inútil la belleza de un atardecer, o el primaveral enamoramiento de dos personas? Podría, en términos materiales, parecerlo, pero nuestra vida, la vida humana, dispone de una dimensión mucho más elevada y profunda. Es ahí donde el artista concentra toda su fuerza, toda su esperanza. No se trata de pasar por la vida desde la superficialidad, ese lugar carente de dolor y sufrimiento. Se trata más bien de esforzarnos en el símbolo de lo profundo para así poder disfrutar de todas las mieles. La belleza no es solo un relato, es una experiencia. La vida es bella, a pesar de todo.

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