Notas a pie de página


© @michaelschlegelphotography

Hay personas que sienten que la vida ha dejado de ser un capítulo importante y se limitan a vivir notas a pie de página. Es como si de repente desconectaran de su alma y se alejaran del verdadero sentido de todo. Es una sensación terrible. De vacío, de no continuidad, de pérdida. Es como una tiranía donde los impulsos más débiles dominan nuestra existencia.

Contra eso, poco se puede hacer excepto buscar belleza, equilibrio, armonía. La verdadera belleza termina donde nace algún atisbo de inteligencia, de expresión intelectual. La inteligencia es algo así como una exageración evolutiva, algo que destruye la armonía que nos da la estupidez o la fealdad. Hay algo de fatalidad y sufrimiento cuando alguien destaca por su belleza o inteligencia. Los feos y los estúpidos viven impasibles una vida modélica, ataviada de normalidad, alejados de toda victoria, y con razón, o por inercia, también de cualquier derrota. Impasibles, indiferentes, sin inquietudes, normalizando aquello que la vida les trae sin ningún tipo de motivación. En cambio, el talento, la belleza, son fruto siempre de sufrimiento y dolor. Ambas se emparejan con la inevitable decadencia, de ahí la sensación de ineludible pérdida. Todo se marchita, y lo decadente termina siendo fastidioso.

La verdad está siendo ahogada en un mar de irrelevancia. La mayor conquista de nuestra decadente época (qué época no ha tenido ese halo de decadencia) ha sido la indiferencia, el poder del entretenimiento, el cual nos adormece, nos atonta y nos ahoga en una apatía infinita. La pérdida de sentido está expuesta constantemente, pero deja de ser importante cuando andamos sumidos en un mundo que carece de gracia y valor. ¿Qué gracia y valor puede tener un mundo sin amor, sin vida, sin consciencia?

Vivimos una existencia narcisista, hedonista e hiperindividualizada. Lo falso y lo verdadero se entremezclan y ambos parecen irrelevantes. Se enzarzan de igual manera en un mundo irreal. Ahora a la preocupación y la devoción se las llama control, paranoia o cualquier otra infección del alma. La vanidad nos embelese, mientras que lo bello se marchita en una decadente sinfonía desarmónica. Estamos cautivados por nuestro ombligo, por nuestras necesidades, por nuestro pésimo amor propio. Las dimensiones de nuestros vacíos se ensanchan cada vez que nos perdemos. Todo lo que hay fuera de nosotros carece de interés. Ese ha sido el poder maléfico de nuestro tiempo: creer que lo único que importa somos nosotros, y aquello que hacemos para estar entretenidos en una vida vacía y carente de emoción, de vida, de consciencia, de sentido.

Nunca nos definen las palabras, ni los recuerdos, ni nuestros pensamientos más íntimos. Son nuestros actos, aquellas pequeñas cosas que hacemos todos los días, lo que define nuestra vida. Nuestra conducta siempre es superior a nuestro pensamiento, a nuestras creencias, a nuestras expectativas. Solo la conducta puede salvarnos de la duda. Solo aquel que arriesga en dignidad e integridad podrá tener un juicio justo al final de los tiempos. Las palabras solo son palabras. Los hechos serán los que terminen justificando nuestra vida, y de paso, determinando nuestra realidad.

En los lodazales de la existencia, puede ocurrir que perdamos el sentido de la realidad, aquello que nos conecta con la vida y su misteriosa ejecución. La muerte nos recuerda constantemente lo marchito de todo. Estos días he podido sentir la muerte de cerca, observarla, llorarla, adolecerla. Una muerte propia y otra ajena, pero no tan ajena, porque la mitad de la misma me pertenecía. Es algo insoportable. Algo terrible el no poder aceptar lo que podría haber sido vida, y terminó siendo muerte.

Es verdad que a veces no es suficiente con amar a alguien. Tiene que existir cierta compatibilidad para que la vida ordinaria sea dulce y tranquila, además de cariño y amor. También tiene que existir un proyecto común, ya sea tener una familia o tener una visión parecida sobre la vida y sus misterios. Además de todo eso, debe existir un trabajo constante, un compromiso diario, una responsabilidad con el otro. Por eso este siglo fracasará. El entretenimiento y el hedonismo del yo nos aleja del nosotros. No pueden amar los que solo se aman a sí mismos. Una gran paradoja para aquellos que creían eso de amar al prójimo como a uno mismo.

Disfrutad de la vida, es más tarde de lo que creéis, decían los romanos. Iniciar desafíos, guiados por la integridad y una voluntad incombustible es lo que nos hace realmente estar vivos. Tener integridad hoy día es complejo. Poseer una voluntad motora capaz de realizar aquello que nos proponemos es igualmente difícil. Hay personas que tienen una voz interna que les empuja a soñar. Hay otras que gracias a ese daimon consiguen alcanzar sus sueños, sus metas, sus ilusiones. Pero falta lo esencial: la integridad. Es una palabra compleja para nuestro siglo. Algo inaudible. Algo que no se expresa ni se entiende. Algo alejado de nuestro yo corrupto y decadente.

Pensamos que todo aquello que hacemos por el ego, dinero, fama, admiración, seguridad, tiene algún tipo de valor. Al final de los días, todo eso será algo vacío, algo que no sumará nada a nuestra cuenta álmica.

Sí, estamos entretenidos en nosotros mismos. Por eso este tiempo está falto de amor, de consciencia, de vida… lo único que realmente vale la pena.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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