La prueba del laberinto


«Es necesario reivindicar el derecho de soñar. Quizá pueda parecer un derecho sin importancia. Pero, si se reflexiona sobre ello, aparecerá como una gran prerrogativa. Si el hombre es capaz todavía de nutrir ilusiones ese hombre es aún un hombre libre».  Antonio Tabucchi

No importa lo que ocurra. Seguiré soñando. Ese factor es lo que me permite sentirme libre y dichoso. Podrán derrumbarse los mundos y podrán las trompetas tocar su último canto, pero nada dejará que deje de soñar.

Digamos que la vida humana es un laberinto lleno de pruebas. Hay cruces de camino, desvíos, equívocos, huidas, temblores y terremotos capaces de derrumbar lo más sublime. Ese laberinto tiene su propio centro. De allí pende un fino hilo sujetado por la tejedora Ariadna.

Uno puede prostituir su vida y traicionarla una y otra vez. Puede abandonar sus sueños, sus anhelos. Puede engordar su estrecha visión con el fin de olvidarse de sí mismo. Entonces se vuelve esclavo de la apariencia, del qué dirán, de los otros. Marioneta de cada circunstancia, de cada situación que desee pervertir nuestro devenir. Títere de cada una de las falsedades de la existencia.

Por eso es necesario reivindicar el derecho a soñar. Soñar es como atravesar ese laberinto humano sin importarnos nada la pérdida, la dureza de cada prueba, las iniciaciones oportunas que nos harán crecer en cada travesía, en cada recoveco, en cada vuelta cuando pensamos que verdaderamente estamos perdidos. Ese seguir soñando a pesar de todo nos hace libres y fuertes, personas llenas de sentido y autenticidad. Personas con anhelos de luz y lucidez. Amantes de lo verdadero, de la Verdad y su compañera la Justicia.

Soñar es reivindicativo porque de alguna manera te acerca al corazón, a aquello que grita fuerte desde dentro de nosotros. Te permite ver por encima del laberinto y agarrarte al hilo, al fino pero inquebrantable hilo de la esperanza. Al agarrarte a él hay algo que te eleva en una gran espiral. Esa espiral es impresionantemente maravillosa. Desde ella, los laberintos humanos se ven pequeños, ridículos, minúsculos. Como un retrato caprichoso de una sombra que mengua al atardecer. El vuelo mágico, tan preciado por magos y soñadores, se torna realidad al encontrar el centro, la gran prueba.

Pero ahí está el miedo. Ese terrible miedo que tanto nos aleja del amor, de nuestro corazón, de nuestro destino. Ese miedo atroz que es capaz de lo peor. Ese miedo que provoca guerras y sufrimiento innecesario por no querer afrontar lo verdadero que hay siempre en nosotros. Y eso verdadero siempre, siempre, siempre es bondadoso, dichoso, virtuoso, valiente, atrevido, osado. Lo que nuestro corazón encierra es el mayor tesoro jamás sembrado, cosechado, almacenado en la alacena del alma. El amor, eso que nos une al mundo, a los otros, a la vida del espíritu para aquellos que aún creen que la vida es tan misteriosa y extensa e inabarcable. Amor y consciencia y vida. Ese es el gran descubrimiento del hilo de Ariadna, tejido con tres cordeles que conectan nuestra vida, con la Vida.

No tengas miedo. Supera todas las pruebas del laberinto. Busca su centro que es tu centro. Sujeta con fuerza el triple hilo y déjate llevar por ese viento espiral que contempla el universo desde su visión amplia y sempiterna. Sé osada en cada prueba. Sé libre y soñadora. Sé, en definitiva, esa gran espiral que todo lo puede y atraviesa. Sé libre, no hay jaula que merezca nunca la pena.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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