A la guerra por amor


© @noarphotographie

Uno a veces cree que ama, sin saber amar. Uno a veces cree ser amado, sin recibir amor. Desde que empezó el conflicto con Ucrania algo se removió dentro de todos. Estamos acostumbrados a muchas guerras y a falta de amor. Las noticias están siempre plagadas de catástrofes y desgracias, de oscuridad y odio, y faltas de amor. Cuando las desgracias están cada vez más cerca, algo se remueve por dentro. Es normal. No debemos sentirnos mal por estar dando todo lo que podemos por Ucrania y muy poquito por el resto del mundo. Algo es algo. Es natural. Uno siempre siente más afecto por el vecino que por alguien que no conoce. No seamos hipócritas y nos rasguemos las vestiduras porque queramos acoger a una niña ucraniana y pongamos barreras a los niños sirios. Un corazón noble hace siempre lo mejor, un corazón amoroso ama a todos por igual, y un corazón inteligente, hace siempre lo que puede, lo que está en sus manos. No es un problema de distancia, es un problema de falta de amor.

Hace unas semanas me debatía entre el amor o la guerra. Mi impulso irracional, o quizás el más inteligente de todos los impulsos, me motivaba a ir hasta Ucrania para ser útil en todo lo que pudiera. Un ser amado me lo impidió. Me rogó que no fuera. Entonces pensé que quizás podría echar una mano desde aquí y eso hice. Pero no es suficiente. No siento que pueda ser suficiente mientras vemos cómo el mundo se desmorona ante nuestros ojos.

Comprendo a la mayoría que permanece sentada al borde del camino. No lo juzgo. Bastantes problemas tenemos mirando que no se acabe el aceite de girasol en el supermercado o viendo cómo la gasolina ha subido un poco más impidiendo con ello frecuentar con más asiduidad los periféricos centros comerciales. Tenemos siempre muchas cosas que hacer, muchas cosas en las que pensar, mucho ombligo al que mirar.

Pero otros no pueden. No pueden sentarse al borde del camino mientras todo se cae. Hoy comprendí varias cosas sobre el amor. Especialmente sobre el amor incondicional. Es algo que no se puede exigir, que no se puede mendigar. No podemos pedirle a Putin que ame a Ucrania. Es algo que se tiene o no se tiene. Y si se tiene, rebosa, se expande. Lo vemos en los enamorados, que son capaces de sacrificar toda una vida por estar juntos. Lo vemos en las madres con sus hijos. Lo vemos en la naturaleza con su siempre excesiva generosidad. El amor siempre es rebosante. Nunca pone límites, ni fechas, ni plazos, ni tamaños, ni formas, ni colores. Es expansivo, esa es su naturaleza. Y lo contrario al amor se retrae, se aísla, se comprime, engorda hacia sí mismo. Un enamorado sabe cuando la otra parte lo ama. Solo tiene que mirar a sus ojos y ver si rebosa entre el lagrimal esa expansión de luz y amor.

Podemos sentir amor por nuestra pareja, por nuestra familia, por nuestra comunidad. También podemos sentir amor por la humanidad. Ese amor expansivo hacia la humanidad es lo que me mueve a salir el próximo lunes dirección Ucrania para echar una mano. Una de las expresiones del amor es el servicio, el sentirse útil hacia los demás. Uno por amor puede sentir cariño, amabilidad, entrega. Pero si el amor se expande, y ves por las noticias a madres y niños desamparados, algo te tiene que mover. Lo mismo que mueve a un enamorado a atravesar medio mundo para ver a su amada y estar junto a ella, cueste lo que cueste. La misma fuerza, debe moverle a uno para ayudar a los demás siempre que sea posible, siempre que no estemos distraídos con nuestras cosas, que siempre son importantes.

Por eso el lunes voy a la guerra por amor. No sé qué me encontraré allí. No sé de qué manera podré ser útil. Pero no puedo quedarme sentado al borde del camino mientras el mundo se acaba para mucha gente. Hoy son ellos. Mañana podemos ser nosotros, o nuestros hijos en unos años. No podemos contraer el amor. Debemos expandirlo, y nosotros expandirnos con él.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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