Cuando los seres sintientes se convierten en objetos


© @miguelrphotography

Nuestra sociedad, en su degeneración paulatina, olvida las esencias primordiales de la existencia, los valores más esenciales. Se vuelve autómata, insensible, separada completamente de la pura existencia. Vivimos una época decadente, desconectados de la esencia espiritual y de todos aquellos vínculos que conformaban nuestra constitución humana. Las cosas subsisten por inercia, pero ya nadie cree en nada. Las viejas formas se aferran a un presente inútil y oscuro. Un tiempo trágico y sombrío. Y de alguna manera, un tiempo cómico que se aferra y subsiste.

La guerra, las guerras, nos recuerdan que el mundo está en ebullición, al borde de un colapso premeditado, quizás necesario. La señal de los tiempos es ineludible. Cuando los seres sintientes se convierten en objetos, en algo necesario para el consumo, el colapso está garantizado. Podríamos hablar de cosas bellas y mirar hacia otro lado mientras muy cerca de aquí niños y ancianos mueren bajo la metralla. Lo horrible no es esa guerra, si no todas las guerras minúsculas que producen las grandes guerras. Por eso el colapso de fuera es un colapso de valores que viene de dentro.

Las nuevas generaciones se están criando en un mundo virtual, desconectado de la realidad. No son capaces de enfrentarse a las crisis del mundo porque en el mundo virtual todo es bello, todo es fabuloso, todo es fantasía. Cuando intentan conectarse a la realidad esta les supera. No saben cómo actuar, no saben cómo aplicar las leyes básicas del comportamiento humano. Se esconden, se aíslan, desaparecen. Los seres sintientes, no importa si son animales o humanos, se convierten en objetos. Unos para ser sangrientamente consumidos. Los otros para ser manipulados, anulados, utilizados a cualquier antojo.

Eso de alguna manera crea monstruos. Monstruos que, en un futuro, quizás mañana, participaran autómatas de nuevas guerras, de nueva destrucción, de nueva miseria, de nuevos colapsos en futuras civilizaciones. Cuando hemos perdido la conexión con el mundo, el mundo nos golpea fuertemente. Nacen crisis de identidad, pensando que aquella fantasía virtual en la que creíamos (antes se llamaba patria y religión), era lo real, era el mundo verdadero. Pero el mundo verdadero requiere de contacto, de relación, de olores, de visiones compartidas en atardeceres boscosos. Requiere escuchar el aliento del otro, sus gemidos, su dolor, su miedo, su terror, y sanarlo con un abrazo, con una mirada, con un susurro.

La guerra, las guerras, solo nacen de nuestro interior. Una persona emancipada, inteligente, sanada por la vida, no podría entrar nunca a ninguna guerra. Observaría atento cómo poder ayudar en cada conflicto, pero nunca entraría él solo en ningún conflicto. Seguramente una persona que vive en paz, sería capaz de soportar todo tipo de insultos, mentiras e injusticias aplicando una sonrisa sincera. Comprendiendo que la naturaleza humana llega a la armonía a través del conflicto porque es en los momentos de tensión cuando realmente crecemos y aprendemos. Pero entendiendo que el conflicto debe ser siempre resuelto desde la paz, desde el amor, desde la fraternidad más sincera.

Cuando los seres sintientes se convierten en objetos la vida nos manda una señal. Es la señal de que un mundo se acaba, de que hay que empezar a trabajar en un nuevo mundo, en una nueva visión. Cuando el mundo se vuelve mentiroso, cuando todo es producto de una fantasía, de una mentira, es tiempo de volver a empezar de nuevo.

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