Equinoccio de primavera. Muerte y resurrección


© @adele_spencer

El invierno es un momento de pausa, de muerte, de retorno al silencio. Algo muere en cada invierno. Algo muere inevitablemente para que se pueda regenerar la vida. Ahí está la gran paradoja de nuestro universo, de nuestro cosmos, de nuestra naturaleza. Muerte y resurrección vienen de la mano, y de ahí surge el ciclo vital de la Vida. Morir para nacer, nacer para morir.

Ayer algo murió, hoy, con el equinoccio, algo renace. Es hora de emprender la tarea de fecundar la madre tierra, de fecundar nuestras vidas desde la realización, desde la resurrección. Es hora de fecundar nuestros corazones y fertilizar el amor que está dentro de nosotros.

Son días para preparar la tierra, para seleccionar las semillas, esperando que la luna menguante nos ayude a utilizar el vigor y las mareas planetarias para que la vida pueda integrarse en la tierra y lograr así todos los beneficios posibles. Es momento de discernimiento, de emprender la tarea de la siembra y observar pacientes cómo la vida se abre paso desde la más absoluta oscuridad, siempre húmeda y doliente. Ahí de nuevo el milagro. La semilla muere, y con su muerte, permite la nueva vida. Así morimos nosotros simbólicamente. Algo muere en nuestra mente, en nuestro corazón, para poder renacer de nuevo y ofrecer más y más vida. Algo murió ayer, algo nace hoy.

La fecundación de la madre tierra, así como la fecundación de nuestras vidas, se convierte en un gran misterio, en algo que nos resulta indescifrable, enigmático y místico. Miramos la tierra preparada y abonada en invierno. Observamos como todo ese trabajo duro y pesado ahora requiere una atención diferente. Ahora requiere sembrar, sembrar, sembrar. El significado oculto de este acontecimiento genera en nosotros curiosidad, expectación, esperanza. De cada semilla, saldrán frutos. Quizás seis, quizás siete, quizás infinitos frutos futuros que sobrevivirán de generación a generación.

La consciencia humana ha aprendido a observar todo cuanto ocurre en la naturaleza. Aprende a regenerarse, a luchar por lo que quiere, a sobrevivir a todo tipo de tempestad. Los principios ocultos son claros: lo que muere debe nacer, lo que nace debe morir. Es un sistema profundo, una filosofía natural, algo que trasciende nuestra comprensión. En nuestras vidas ocurre y se manifiesta con el mismo principio. Todos los días algo muere y algo nace. Todos los días tenemos la oportunidad de mejorarnos, de pulir nuestras vidas con acciones valientes, con osadas manifestaciones de bondad y amor. Todos los días podemos ser una mejor versión de nosotros mismos, al igual que la naturaleza, en su majestuoso ejemplo y misterio, renace y se mejora en cada estación.

El fruto llegará. El fruto es la manifestación, el regalo, el don de una naturaleza agradecida cuando se ha cultivado la tierra, se ha seleccionado la semilla y se ha cuidado día a día, sin descanso, cada uno de sus crecimientos. Ese es el gran secreto de nuestra vida psicológica. Si preparamos nuestras vidas con esmero, si sembramos amor en ellas, si cuidamos de ese amor día a día, al final, nacen los frutos. Quizás seis, quizás siete, quizás infinitos generación tras generación.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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