Dos fórmulas para apaciguar las emociones


© @christophermphoto

Recordaba hoy cuando de estudiante repartía pizzas para sacar algo de dinero y acabar con cierta dignidad mi primera carrera. Mis padres me estuvieron ayudando durante tres años muy difíciles para ellos y el cuarto intenté costearlo trabajando de todo lo que pude. Tiempo atrás también había trabajado buzoneando todo tipo de propaganda o incluso de guarda de seguridad. Llegué a trabajar en una caja de ahorros, vestido con mis inolvidables Martinelli, con aquel traje verde de la época y mi corbata cargadita de primaverales florecillas. Me encantaba aquella corbata a juego con todo lo demás. Eran tiempos de apocalipsis porque, según Nostradamus, el final de los tiempos estaba cerca, así que vivíamos la vida con una intensidad desmesurada. Las diferentes quiebras que a lo largo de la vida fuimos sufriendo nos ayudó a pensar que el final de los tiempos nunca llegaría, que todo ese miedo era un producto más de Hollywood, la cual alimentaba sus arcas a base de películas gore llenas de sangre y guerra.

En estos momentos hay más de sesenta guerras activas en todo el planeta. Es algo espeluznante. Pero el hecho de que Rusia, una potencia nuclear, se haya metido a hacer la guerra tan cerca del mundo occidental nos da cierto temor. De momento ya estamos viendo los efectos de la guerra en el plano material, pero también empieza a hacer estragos en el plano emocional. Tenemos miedo, vivimos en el miedo. Tras el miedo y el pavor sufridos en tiempos de pandemia, ahora una potencia nuclear amenaza al mundo conocido de forma reiterada. En las redes sociales hacen broma porque nos hemos quedado sin aceite de girasol y la gasolina está por las nubes. Pero no tiene nada de gracia. Millones de personas han perdido su hogar y miles de niños deambulan perdidos buscando un lugar seguro.

Nuestra casa de acogida se está preparando interiormente para lo que venga. Acoger refugiados ucranianos será toda una prueba de fuego. Es lo mínimo que podemos hacer. Yo mismo me he retirado unos días para poder gestionar bien mis emociones, el reto que esto supone, la tensión de todo lo que hay que movilizar para poder acoger material y psicológicamente a todas estas personas. La soledad apabullante que uno siente interiormente ante este tipo de retos es enorme, y la gestión de todas esas emociones descontroladas a veces nos superan. Por eso estos días he optado por el silencio, por el retiro, trabajando en la editorial todo lo que puedo para dejar al día algunas cosas antes de que venga la gran prueba.

La guerra me ha traído sensaciones extrañas. Melancolía, tristeza, abatimiento, congoja, ahogo, pesimismo. Me siento egoísta hablando de estas cosas mientras cientos de personas mueren de la forma más terrible. Me avergüenzo incluso de dedicar un solo segundo de tiempo a escribir mientras todo esto ocurre. Pero necesito, al mismo tiempo, desahogarme y empatizar con todos aquellos que sienten lo mismo. Me refugio en la escritura y me refugio en la posibilidad de buscar luz en tanta oscuridad.

Además de estos refugios etéricos, calmo mis emociones con dos fórmulas infalibles: con actividad y con correcta concentración en el plano mental. La primera fórmula, la actividad, me mantiene activo y alerta. Hacer mil cosas puede crear un ambiente diferente que apacigüe las emociones más pesadas. La correcta concentración hace, desde el plano mental, que todo cuanto hacemos desde la actividad tenga algún sentido positivo. No vale hacer por hacer, hay que hacer algo inteligente, auténtico y efectivo.

Aunque no se hable mucho de esto, a su vez, la actividad, la emoción y el pensamiento deberían ser guiados por lo que algunos llaman consciencia, alma o propósito mayor. Las emociones de melancolía y tristeza pueden ser reorientadas hacia una actividad inteligente, pero, también pueden ser dirigidas desde lo más profundo del alma. El alma es aquello que puede divisar el panorama con perspectiva mayor, y por lo tanto, su guía siempre será más sabia que lo que pueda ejecutar una mente entrenada o una voluntad férrea. El ideal es que todos nuestros instrumentos de actividad material, de estados de ánimo, de emociones y pensamientos se pongan al servicio de nuestra consciencia. Será ella la que nos alineará hacia un profundo sentido, incluso en tiempos tan complejos como los de ahora. Que el miedo no nos venza, que la tristeza de la guerra no pueda con nosotros. Tenemos que trabajar para construir la paz, cumpliendo siempre con nuestra parte en el propósito.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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