La melancolía como música natural


Melancolía I, de Alberto Durero

La melancolía es un estado del alma que añora y anhela. Es una forma de salir del exilio al que la vida nos somete en cada encarnación. Hay una evocación profunda cuando suspiramos por algo o por alguien. La vieja voz del océano, el murmullo de los arroyos, que decía el poeta. La melancolía se expresa en diferentes tonos, grados, según sea la garganta que estrangule en su pecho. Es un único lenguaje entonado de forma diferente según el eco de quien la posea. A veces la melancolía evoca deseo, otras terror, miedo a una pérdida inevitable cuando somos poseídos por la incertidumbre.

En el fondo se trata de una música natural. Añoramos la vida del espíritu, añoramos el amor imposible, añoramos riquezas o compañía, amistad o gloria. Siempre tenemos algo que añorar, a veces un recuerdo, o una soledad. La nostalgia nos persigue, es inevitable. Siempre deseamos un mundo mejor para nosotros, los nuestros y el resto de la humanidad. Cuando ese sueño colectivo no se alcanza, crea frustración, tristeza, melancolía. El ser humano no es capaz de alejarse de la sinrazón, de la misma manera que un niño no puede alejarse de sus fantasías.

El Buda afirmaba que existía una cura para el sufrimiento, una liberación posible. La liberación del sufrimiento es el Nirvana, nos decía. El nirvana, en su etimología más profunda, significa apagar, es decir, apagar el egoísmo humano. La extinción del egoísmo es lo que nos permite vencer al sufrimiento. Los síntomas de la enfermedad del mundo es el sufrimiento, por lo tanto, la cosecha constante en nuestro haber del egoísmo más irracional. La aspiración noble de cualquier corazón va en dirección opuesta. Desea amar, desea absorber la esencia del universo entero, esa fuerza centrípeta que todo lo abarca y que todo lo expande. La vida no es más que un reflejo de ese amor, y nuestra melancolía más profunda nace del deseo egoísta, del no poder alcanzar nunca ese estado nirvánico, esa ausencia de egoísmo, ignorancia u oscuridad.

El óctuple camino del Buda para alcanzar el nirvana, es decir, la ausencia de egoísmo, era sencillo: comprensión correcta, recto pensamiento, recta palabra, recta conducta corporal, recta existencia, esfuerzo correcto, atención correcta y concentración correcta. La corrección de todas estas cosas nos aleja, o al menos, nos deberían alejar, del sufrimiento. La incorrección nos acerca inevitablemente a la melancolía, ya que nos alejamos con ella del amor, de la llama de la vida.

Los múltiples estratos melancólicos en los que el ser humano se desvanece son siempre complejos. Un romántico decimonónico vivirá siempre en un estado melancólico. Al igual que el místico que añora su unión con Dios o el rey que desea expandir sus dominios hasta el confín de la tierra. Siempre habrá melancolía por lo inalcanzable. Un enamorado que no puede abrazar a su amada vivirá siempre en estado de completa añoranza. Como dijo el poeta, será como un genio con alas que no va a desplegar, con una llave que no usará para abrir, con laureles en la frente pero sin sonrisa de victoria. Y ante eso, la incertidumbre de la música natural.

En estos momentos de tristeza colectiva, de guerra absurda, sintamos melancolía por la paz, y esperanza para que la misma retorne pronto a nuestras vidas. Ese será el nirvana colectivo, la paz mundial.

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