La fuerza que impulsa la sincronicidad


© Kevin Saint Grey
© Kevin Saint Grey

¡Oh día, despierta! Los átomos bailan. Todo el universo baila gracias a ellos. Las almas bailan poseídas por el éxtasis. Te susurraré al oído adonde les arrastra esta danza. Todos los átomos en el aire y en el desierto, parecen poseídos. Cada átomo, feliz o triste está encantado por el sol. No hay nada más que decir. Nada más. (Rumi, Poema de los átomos).

No sabemos los mecanismos exactos por los que se manifiesta la fuerza que impulsa la sincronicidad y, por lo tanto, la fuente de dónde brota la magia de la vida. La sincronicidad nos advierte de que estamos fluyendo por una fuente de energía certera. Ocurre cuando dos almas gemelas se reconocen, cuando la suerte o la fortuna se manifiesta, cuando sentimos cierta iluminación interior o cuando nuestro punto de quietud expresa desde dentro un amor infinito e incondicional por todas las cosas vivientes.

Sentir la sincronicidad es como caminar por el aire, flotando en el cielo iluminado, volando mientras que debajo de nosotros el resto duerme. Es experimentar la corriente continua de fuerzas y energías que en la vida ordinaria pasan desapercibidas. Es como volar por encima de las montañas cubiertas de hielo, flotando en lo alto, con el poder de poder alcanzar las profundidades del océano en el siguiente instante de pensamiento.

Es esa sensación que tienen los enamorados de sentirse ajenos al mundo y brillar en una luz estelar diferente, risueña, de engrandecida felicidad. La fuerza que impulsa ese amor primero es la misma fuerza que impulsa al cosmos y sus universos. Es la fuerza por la que gravitan las estrellas y los planetas, es la danza y la música que las esferas emiten cuando provocan el incesante brillar de sus estelas. Es la fuerza que hace que las almas bailen poseídas por el éxtasis, ampliando con ello su capacidad de soñar y vivir.

Cabalgar encima de la ola de esa sincronicidad es sentir que todo cuanto existe tiene vida, consciencia, como si todas las cosas tuvieran propiedades psíquicas y como si nosotros pudiéramos entender toda su existencia. La piedra, el árbol, el águila, lo humano, lo angélico, y todos los universos y dimensiones posibles hasta llegar a la Fuente última. Todo abrazado por esa vida sincrónica que danza bajo el influjo de esa fuerza que concibe el mundo desde su más amplia plenitud.

La sincronicidad no es una casualidad, sino una clara señal arquetípica de que vamos por el buen camino. Es la armonía de todas las cosas de las que nos hablaba Pitágoras, ese principio de totalidad de Heráclito o esa idea de que todas las cosas están unidas unas con otras según nos relataba Hipócrates. Son los elementos simpáticos, los arquetipos que se atraen, los nodos de certeza de que hay algo más allá de todo lo aparente. Todo está conectado y todo es interdependiente. Solo debemos ampliar nuestra visión, ver más allá de las formas y comprender las expresiones de comunicación de ese universo amplio. Los espíritus preparados para abrazar la totalidad del mundo encuentran esa belleza extrema que todo lo inunda. Esa fuerza que impulsa la sincronicidad entre nuestro mundo interior y el mundo exterior, unidos ambos en una fusión sincrónica mutable, creando mundos posibles y soñados.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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