La voz de mi corazón es un pájaro que canta, alma que vuela en la luz


A nadie revelaré mi descubrimiento. El incesante y vasto universo me lo susurró anoche, en sueños. Había allí un camino, más bien una senda ondulada, estrecha pero creciente, hollada por múltiples almas que dirigía a lo más alto de las montañas. En la cima de una de ellas, quizás la más nevada, la fuente, y a su lado, una mujer vestida de blanco, con una pluma en la cabeza, meciendo entre sus manos aquella esperanza del canto augural.

A nadie revelaré mi descubrimiento, pero puedo decir, aún en susurro, que la voz de mi corazón es un pájaro que canta, un alma que vuela en la luz. Una sola vez en la vida he tenido ocasión de examinar los quince mil versos de esta epopeya. Fue un desvelo que con el paso del tiempo siempre recordé como un lejano sueño. No era una pintoresca disgregación o un gallardo apóstrofe de lo que podría ser toda una vida. Más bien era la descripción real de un destino ineludible, de algo que inevitablemente tenía que suceder, por estar escrito.

A nadie podré revelar mi descubrimiento, pero sepan que los cantos mañaneros y los versos de la forma y la flamante poesía y los vientos que vienen ataviados del septentrión son verdaderos. Las osamentas color blanquiceleste que sostienen el epíteto rutinario, el rojo vivo de la curiosidad y el hallazgo, también son reales. Cuando uno siente melancolía por todas esas cosas, pero desde el sosiego y la paz,  es porque ya las abrazó en su momento. Porque, de alguna manera, recuerda alguna frase perenne del libro del silencio, algún gallardo apóstrofe de alguno de los quince mil versos. La pluma en la cabeza, el canto augural, en la cima, junto a la fuente, no son más que estables atribuciones del destino.

Sé que no podré hacerlo, que nunca podré revelar la voz de mi corazón que canta como un pájaro libre, sobre la rama de un roble, en cualquier jardín botánico, en cualquier paraíso cuyo florecido mundo se sostiene de esa alma que vuela en la luz. Una luz que suspira, que se renueva, que lo engloba todo, como ese lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe. Allí están todos los veneros de luz, y allí está ella, con su pluma, con su cuna, esperando.

Nadie, nadie podría entender mi descubrimiento. Solo el amor que cura. Solo en la soledad se ha podido gestar la maravillosa senda por la que ahora transito. Una senda donde diviso la montaña, la cima, la fuente, y esa cuna arropada y protegida por un alma noble y hermosa. Solo un verso de los quince mil que nos quedan por vivir. Solo un apóstrofe de esa divina escala que sucumbe hacia la unión de los opuestos, hacia el abrazo profundo de las almas. Agua que fluye, luz que irradia, tierra que camina, fuego que abrasa en la tierra ardiente y húmeda. Nadie podrá entender mi descubrimiento, excepto aquella muchacha de la pluma, que junto a los lobos aullaba en la noche más profunda. Esa voz de mi corazón que es un pájaro que canta, un alma mía que vuela en la luz… un alma que ahora grita y descansa.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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