Como sobreviví al Covid gracias a una dieta galletariana


A los académicos  de hoy día les encanta la teoría de Foucault que identifica conocimiento y poder, insistiendo en que la fuerza bruta ya no es un factor exclusivo para ejercer el control social. El poder/ignorancia o el poder/estupidez es mucho más poderoso que la porra o el calabozo. Estamos ante un hecho social que podríamos llamar de felicidad política, donde la gente mansa obedece dócil cualquier estupidez y cree a pies juntillas todo aquello que tenga tintes de ser «oficial». En su extremo, la ignorancia hace de las suyas.

Después de dos años de resistencia modélica en las montañas, acogiendo a todo tipo de refugiados y marginados antivacunas (pura escoria estigmatizada, sin derechos a tomar un café o viajar libremente) y abrazando su soledad y a veces sufrimiento por la situación mundial de pandemia, terminé cogiendo el Covid. Fue un martes, a eso de las tres de la tarde, hora zulú. Alguien vacunado que venía de la ciudad para hacerme una entrevista antropológica llegó enferma. Le invité a hacer la entrevista al aire libre aprovechando los estupendos y sanadores rayos de sol, pero prefirió ambientar la misma en la pequeña cabaña, lugar emblemático de la resistencia. Por amor a la antropología accedí. Fue inevitable. Dos años de vida sana en la montaña no sirvieron de nada. El virus empezó a expandirse por mis venas en cuestión de horas gracias a la acción-participación y la etnografía clásica. También gracias a los astros y unas inevitables sincronías que tenían que suceder a continuación (pero esto lo dejo para otra historia).

Tres días después del contagio tuve los primeros síntomas. Primero me miré las manos para ver si se me había caído algún dedo. Existía el rumor, creo que aún infundado, de que al menos a un diez por ciento de la población mundial se le caen los dedos con el Covid. Pasó en un slum de Calcuta, hace diez meses, y la noticia corrió como la pólvora. Al ver que no perdía ningún miembro me hice un test de antígenos y di positivo. Realmente no creo en ese tipo de test, sobre todo después de lo que dijo un presidente negro de Tanzania cuando experimentó con piel de papaya y una cabra, que también dieron positivo en el test. Por cierto, el presidente murió meses después de forma misteriosa. Como era negro y negacionista, la noticia no trascendió.

A pesar de todo, quería hacer un experimento antropológico y ver qué pasaba realmente cuando me había convertido en un apestado que además no tenía pasaporte sanitario por no estar vacunado. Llamé a los servicios sanitarios para confesar mi caso, ayudando con ello a aumentar el estado de alarma y la fatídica estadística. Enseguida un ejército de rastreadores (así se hacen llamar, la verdad es que da miedo), muy educadamente me empezaron a hacer miles de preguntas, como hacía la Geheime Staatspolizei con los Judíos para determinar su pureza de raza, pero de forma más educada y suave (son otros tiempos, y como decía antes, la porra ya no se lleva). Por supuesto, no les hablé de la resistencia, ni de la papaya, ni de mi dieta galletariana. Eso sería como si Al Brown, antes de convertirse en Radcliffe-Brown, que suena más aristocrático, hubiera traicionado los ideales del gran Kropotkin por una papaya de Tanzania. 

Pero más allá del estado conspiranoico en el que vivimos, donde las élites, por cierto, se han hecho vegetarianas y ya no beben vino ni fuman puro y están en contra de las macrogranjas mientras que en disimulado susurro gritan un suave Sieg Heil (o al menos eso dijo en una entrevista un eurodiputado de la extremaderecha), era importante poner a prueba mi poder de resistencia. Venía la prueba de fuego… ¿sería capaz de vencer esta enfermedad a base de galletas? Mi mala alimentación a base de carbohidratos se iba a poner a prueba, y con ello toda mi reputación. Aunque no pertenezco a la élite (sí me gusta Wagner, pero eso no significa nada, a veces también escucho al Fary) me hice vegetariano a los 16 años por convicción activista y desde entonces mi dieta se ha basado en carbohidratos. El motivo es que no me gustan las verduras ni la fruta (ni siquiera la papaya, sí un poco el melón, pero poco), y sin embargo, puedo volverme loco comiendo pizzas o galletas. Por suerte siempre he gozado de buena salud, quizás porque siempre fui algo deportista. Pero esta enfermedad suponía una auténtica prueba iniciática, un rite de passage entre las columnas enigmáticas de Boaz y Jakin.

Más allá de las teorías del contrapoder imaginario, lo cierto es que he vivido este trance como un resfriado agudo y tranquilo. No he tenido ninguna complicación ni ha resultado ser una enfermedad fatal. El primer día fue malestar general, el segundo y el tercero sentía como si unas navajas quisieran cortar mi garganta (ahí si que noté algo de manipulación genética en el maldito virus, y admito que me acordé mucho de China), la típica molestia que se tiene en los resfriados. El cuarto un poquitín de tos y voz ronca y el quinto día estaba ya como nuevo. Eso ha sido todo.

Intento comprender porqué hay personas que incluso han perdido la vida por esta aparente y simple gripe y otras hemos pasado por ella de forma casi ridícula. Me pregunto si será por el estilo de vida, aquí perdido en la montaña, entre bosques y naturaleza, una vida muy tribal, o es que en verdad, mi súper dieta a base de galletas ha conseguido combatir con éxito esta terrible enfermedad. Sea como sea, me siento orgulloso de no haberme vacunado. Primero porque lo que menos quiero en el mundo es que me inyecten un microchip encubierto en la cabeza para controlar mi vida. No quiero que nadie sepa cuantos kilos de galletas como a la semana y qué canciones de Wagner escucho día sí o día no (luego Google se llena de noticias sobre Wagner y es algo insoportable). Y segundo, porque lo que menos desearía sería quedarme estéril como afirman algunos estudios relevantes realizados en las islas Salomón con pepinos asexuales. Deseo tener hijos, y no uno o dos, sino al menos seis o siete, mejor siete por si tenemos que votar qué día celebrar el cumpleaños de Noam Chomsky y no hay consenso… auuuuuuuuu!!!

Pero más allá de la seriedad de toda esta fiesta pandémica con muertes y familias arruinadas, yo creo que lo que realmente me ha sanado ha sido la Vida. Las ganas de vivir que en estos días se han multiplicado por mil gracias a la conjunción de los astros, y la certeza de que las cosas no pasan por casualidad dentro de este extraño noumicon. Es como si una ancestral descendiente de algún habitante de la desaparecida isla de Thule hubiera llamado estos días a la puerta y de repente el amplio abanico de la posibilidad se hubiera extendido ante mí con una mágica fórmula matemática que pocos podrán resolver: (1+1=8/9). Es como si hubiera entrado en la nube del no saber, en el hilozoísmo más puro, en la incógnita de subir a lo más alto de la cima recordando que sabemos volar. Aunque esto sea una locura, va tomando altura. Ahora solo nos queda volar, que decía la canción. Así es la vida. Una estrofa, una canción, un suspiro, un sueño, una visión, un laissez faire pluscuamperfecto. Y como dijo el Fary alguna vez, lo que ha unido el Covid, que no lo separe el hombre (Mateo 19,3-12). Amén.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: