Serendipia sempiterna


“Madre Tierra, tú eres mi soporte vital, como soldado, necesito beber tu agua azul, vivir en tu arcilla roja y comer tu piel verde. Ayúdame a equilibrarme como tú equilibras la tierra, el mar y el espacio. Ayúdame a abrir mi corazón, confiando en que el universo me alimentará. Rezo porque mis botas pisen siempre tu rostro y mis pasos coincidan con tus latidos. Lleva mi cuerpo a través del espacio y el tiempo. Eres mi conexión con el universo y con todo lo que viene después. Yo soy tuyo y tú eres mía. Te saludo”.
(Los hombres que miraban fijamente a las cabras)

Qué hacer cuando el destino llama a tu puerta. Cuando de repente se detiene el tiempo y el planeta entero empieza a decelerar. Cuando la realidad Una se manifiesta y entremezcla; el tiempo cronos se difumina con el kairos y toda la vida se detiene, escuchándose tan solo el latir de todas las cosas, de todos los seres. Un latir lento, sosegado, apacible. Un fenómeno hilozoísta silencioso. Ahí, en ese instante de quietud, se escucha la vida, se adivinan los lazos invisibles que nos unen unos a otros, se perciben las almas que se reencuentran una y otra vez para múltiples propósitos. Es en la noche cuando los cuerpos se desnudan, en su arco celeste, en su bóveda astral. Es en la noche cuando los velos caen y la luz brillante de la oscuridad aparente se desliza sincera por las almas.

De repente un hallazgo afortunado e inesperado, una serendipia. Desde una galaxia lejana, más allá de Sirio C, una hebra surge. Alcanza los telares de la tejedora. Se expande por los recovecos infinitos de todos los mundos del círculo-no-se-pasa. Y se posa leve, como una pluma, sobre la mesa de Ceres. En la luna nueva de Acuario ocurre el sempiterno fenómeno. Dos estrellas lejanas que se juntan en un espacio-tiempo más allá de todos los espacios y todos los tiempos. Era un designio, una señal del cósmico firmamento, un algoritmo que esperaba paciente su momento. O un destino llamando irremediable.

Como un pequeño vals vienés, soñando viejas luces cuando los rumores llegan en la tarde tibia, lo que tiene que suceder, inevitablemente sucede. Allí de frente, los corazones, más allá de los cuerpos, la alegría por el descubrimiento desnudo. Quizás aquello que el Universo tiene para cada uno no sea más que un sueño, o quizás una posibilidad, o tal vez una realidad con forma de cabeza de río, de armónicos y jacintos. Sea como sea, ahí está el mar, su anchura, su infinito, su hallazgo, el momento único e irrepetible de la ocasión. La semilla que se porta, como aquella acuariana ráfaga que da de beber agua a los sedientos del desierto.  A los pajarillos, a los alegres ratones, a los tímidos cervatillos y conejos.

Las almas se ponen de rodillas y rezan juntas, de igual manera que lo hacían en la extinta isla de Thule: madre Tierra, tú eres mi soporte vital. Un fragmento de la mañana, en el salón de la escarcha, una luz en el amanecer. La voz del corazón es un pájaro que canta, alma que vuela en la luz. Todos son fragmentos, todo es oración. La leyenda, el mito, el cuento, se entremezcla de forma extraña con la realidad. La fantasía se vuelve presagio, se transforma en señales, en certezas. ¿Y si no fuera un sueño? ¿Y si fuera lo inevitable? Aquello que sucede de repente, como un hallazgo soñado y esperado. Aquello que se tejió misteriosamente en los telares infinitos. Algo que durará siempre por no tener ni principio ni fin. Algo que llama fuerte a la puerta del Destino.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: