A la que ama a los lobos


Soy una continuación, como la lluvia es una continuación de la nube.
Thich Nhat Hanh

A Alexandra, agradecido por su luz… 

Amanece. Era inevitable. Nace con una nueva luz, con una radiante luz. Cero grados fuera, en el bosque. Unos acogedores seis grados dentro, en la pequeña cabaña. Los rayos golpean el rostro de frente, sin miedo, abrazando cada éter de su infinita generosidad. Me siento una continuación del crepúsculo de ayer, en un estado nuevo, en una versión nueva. Como la lluvia es una continuación de la nube, los rayos de este amanecer lento y sugerente es una continuación de los rayos del atardecer.

Releo de nuevo, al alba, el poema de Antonio Colinas: “Zamira ama a los lobos”. Al hacerlo, siento el mismo deseo que el poeta: “yo quisiera ir con ella a buscarlos, a las tierras más altas, donde los robledales rojos de Sotillo, han perdido sus hojas en las fuentes, allá donde los caballos beben el agua helada de las cascadas y se espera la nieve como una bendición”. Los versos, frescos e inspiradores, aúllan dentro de mí. Me imagino a Zamira con una pluma en su cabeza, subiendo salvaje hacia las montañas, buscando las fuentes heladas, buscando en los rayos del sol su propia continuación, y yo intentando alcanzar sus sombras, corriendo detrás de ella hasta llegar a la cima, junto a los lobos.

Como el día se cargará de recuerdos inevitables, escucho de nuevo la canción de José Alfredo Jiménez,  ¡Vámonos! Como si dos seres distintos no se pudieran querer, que decía él. Qué hermoso sería, que sin ser primavera aún, sin ser iguales, que nada importara. La vida es muy corta, así que vámonos, donde nadie nos juzgue. Sí, vámonos a los bosques, junto a los lobos, buscando los rayos de un nuevo amanecer. Zamira, partamos y no regresemos, ¡vámonos! ¡Allí nos esperan los lobos y las fuentes! ¡También la alegre compañía de los niños salvajes!

La sonrisa de aquellos niños salvajes viviendo en las montañas, entre bosques y ríos, subidos a robles y abedules, castaños y fresnos. Unos que suben, otros que caen, todos riendo por las bromas del bosque. Una vida fresca y libre como el cielo azul y brillante. Una vida con un sentido nuevo, con una consciencia diferente. Una vida vivida, plena, radiante, consciente. ¡Oh dulce vida! Todo parece tan mágico cuando se sueña desde la inocencia y la bondad.

Así que estos días de enfermedad han servido para disfrutar del amor, el regalo de la vida, los sueños, la poesía, la música, la amistad. Han servido para mirar de forma diferente los crepúsculos, y atender con urgencia los nuevos amaneceres. Ha sido como subir a las montañas y ver en los ríos nacientes sus fuentes, un brote de esperanza, una luz nueva. Subir a lo más alto, allí donde viven los lobos, y aullar con ellos. Sentir como si todo fuera una corriente, un fluir, la continuación de algo que nunca se detuvo, que siempre estuvo ahí. Saber que lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá. Saber que a veces, esperar merece la pena, porque pase lo que pase, siempre llega el amanecer, y su nueva luz radiante.

Gracias Zamira por aullar junto a los lobos, allí en las montañas, cerca de las fuentes heladas de este invierno prometedor, junto a los niños salvajes.

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