Llegando a casa en el crepúsculo


Nikolay Ninov, 1973. Artista búlgaro. Llegando a casa en el crepúsculo.

Sucesos sin fin fluyen hacia la eternidad. Los ocasos son hermosos hilos en ese fluir. La luz se apaga, se vuelve roja, intensa por un instante hasta que desaparece tras las montañas. Surge el silencio. Así una y otra vez. Cada ocaso, cada crepúsculo es diferente. El trabajo y su calidad determina cómo vemos cada atardecer. El cansancio influye. La enfermedad o la salud influyen. Puedo decir que hoy el ocaso era diferente. Lo tenía a mi espalda pesada como juicios. Lo percibía en múltiples colores tras de mí. Esta vez, a diferencia de otras veces, no quise mirarlo directamente. Solo sentir el calor de los últimos rayos, el devenir del arrojadizo silencio.

La sensación, quizás por primera vez en mucho tiempo, era de haber llegado a casa. Veía los libros amontonados, los mensajes sin contestar, las llamadas no atendidas. Sentía cierto calor al ver la luz tenue que entraba suave por la ventana. Adivinaba el bosque ante la imposibilidad de ver todo el conjunto. Solo algún abedul, algún roble y las madreselvas, destacando especialmente ahora que los árboles están desnudos.

Llegar a casa en el crepúsculo y sentir el crepitar del fuego en la chimenea. Es invierno, hace frío. Alguien acumuló algo de leña seca durante aquel verano inolvidable. La recuerdo con devoción y cariño. Puedo decir que la añoro. Por eso quemo la leña muy despacio, con la esperanza de que el montón que acumuló pensando en mis fríos inviernos nunca termine. Es una ilusión, igual que el amor es una ilusión cuando no es correspondido. Pero ahí está la pila de leña, dos años después.

Hace días que no toco el piano. Algo falla en la electricidad general que hace que a media tarde, en el ocaso, nos quedemos sin luz. Debería revisar la instalación eléctrica. Es difícil llevar tantas cosas sin luz, especialmente ahora que las noches son largas. Pero más difícil es ver el piano silencioso, esperando algún sonido nuevo, alguna improvisación. Pongo la bombillita auxiliar, la que conservo para este tipo de emergencias. Con ella puedo leer algo, escribir algo, pensar algo. Hoy me sorprendí tumbado, mirando hacia la nada, sin más. Observaba la estantería llena de libros y me preguntaba sobre esos sucesos sin fin que fluyen hacia la eternidad. Todos los días se suceden uno tras otro y todos los días los ignoramos. Ignoramos los atardeceres, los amaneceres, los días de radiante sol, los días de lluvia, los ciclos que se amontonan a cada instante y a los que hemos dado la espalda.

Me siento en casa. Ya es de noche. El bosque está extrañamente silencioso. A veces se escucha alguna lechuza, algún ave nocturna o algún roedor haciendo de las suyas. Las perritas se han independizado y ya no escucho sus peleas y juegos. La soledad es tremenda, especialmente cuando el recuerdo te lleva a ese compartir de antaño. Leíamos juntos, hacíamos fuego, estudiábamos, escribíamos, reíamos, nos abrazábamos y pensábamos la vida como algo único e irrepetible. Hoy hace tres años que por estas fechas viajamos al desierto de Israel, a Tierra Santa. Tres años ya…

Desde que se marchó perdí la ilusión por el amor. Sentí que de alguna manera estaba llegando al crepúsculo de mis días, y que ya solo me esperaba disfrutar de los mismos de forma desapegada y solitaria, desde otro lugar, desde otra alegría interior. Quizás así sean los crepúsculos. Lugares de paso, de transición, de espera del anochecer. Luego la profunda noche… luego… de nuevo… el amanecer… y su luz, y su radiante luz…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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