Planificación familiar en tiempos de colapso


 

Lo primero que mi hermana y su novia me preguntaron cuando llegué a las faldas del Montseny era si ya tenía novia. Entre risas empezamos a mostrar una posible lista de candidatas que podrían resultar idóneas para poder enfrentarnos a la difícil tarea de las relaciones parentales. Después de un año y medio de soltería, uno se siente feliz por disfrutar de este tipo de libertad extraña a la que no estaba acostumbrado, siempre tan entretenido en los últimos tiempos con parejas que duraban lo que dura un suspiro.

La máquina de supervivencia en la que se encuentran nuestros genes es compleja. Richard Dawkins lo explicaba en su Gen Egoísta. La reproducción humana, en estos tiempos de colapso, parece no tener sentido. Las parejas se juntan, pero no por la necesidad imperiosa de reproducir la especie, sino más bien, por la necesidad de llenar algún tipo de vacío, o por estar acompañados, o por viajar juntos en esta nave o escuela planetaria. El móvil de estar juntos ya no es el gen y su perpetuidad, sino otros difíciles de cuantificar.

En mi caso ha ocurrido algo extraño y completamente inverso a la norma establecida. Lo que mis genes me demandan es una planificación familiar para poder procrear en un entorno privilegiado. En mis circunstancias personales esto es harto complejo. Primero por mi propia edad avanzada, rozando ya casi los cincuenta, aunque al parecer, nuestros cincuenta se parecen a los treinta o cuarenta de nuestros ancestros. Dicho así, parece que aún somos jóvenes para esto, pero con la experiencia suficiente para educar en otros valores más sofisticados y profundos. La otra circunstancia compleja es la propia configuración de mi vida. Vivir en los bosques no es aparentemente el fenotipo apropiado para una reproducción adecuada. Un gen egoísta descartaría enseguida mi condición de fenotipo extendido para la procreación y extensión de su supervivencia sino fuera porque algo está cambiando. Y es aquí donde entra la reflexión filosófica y genética.

Realmente ocurre que los bosques te alejan de la visión moderna de una sexualidad basada en la sensualidad y el placer y te acerca más a la visión “antigua” de practicar sexo para aumentar la prole y asegurar la supervivencia de la especie. Esto es una paradoja cuando, según algunos datos alarmantes, nos estamos aproximando a la sexta extinción global. Pero quizás de ahí parte el instinto primitivo, la posibilidad de que los más aptos se adapten a los peligros que posiblemente podamos enfrentarnos en el futuro. Un bosque-isla podría ser un perfecto refugio para una futura hecatombe mundial. Pero sin ser alarmistas, un bosque podría ser el lugar perfecto para que una nueva generación de seres sensibles pudiera crecer bajo el manto de valores de solidaridad y cooperación, de apoyo mutuo y amor a la naturaleza. Digamos que mis genes me exigen, de alguna manera, que ponga la posibilidad de que seres sensibles encarnen en una tierra amable y solidaria.

Supongo que los genes egoístas están buscando fórmulas cooperativas para sobrevivir, viendo e intuyendo el colapso al que nos estamos precipitando, especialmente en esa aberración llamada «gran ciudad». Realizar una planificación familiar en torno a esa idea de supervivencia de la especie, puede resultar fría y demoledora. Pero sin duda, resulta algo trascendente. Tener hijos en la ciudad es un patrón caduco que reproduce un modelo (el de la ciudad colapsada) igual de caduco. Crear vida en los bosques, bajo un modelo de convivencia diferente basado en valores diferentes, es quizás el futuro al que nos avocamos. Pasaríamos de un gen egoísta en los términos de Richard Dawkins a un gen colaborador o cooperativista, como más tarde sugirió. El gen cooperador daría paso a un gen inmortal, que desea sobrevivir en todos los medios, o que de alguna manera va proclamando la necesidad de poder adecuar nuevos cuerpos en nuevos entornos para que otras almas puedan encarnarse en un futuro.

Tener cuerpos sanos en entornos sanos donde se practica el yoga o la meditación, el estudio concienzudo y filosófico del ser humano y la vida y donde se realiza una amable práctica espiritual compartida quizás sea el entorno benévolo que los genes vayan buscando en un futuro. Buscar a consciencia alguien con estas ideas es sin duda una de las tareas más complejas para la futura planificación familiar. Querer tener hijos sanos en un entorno privilegiado y en un contexto espiritual quizás sea el modelo que muchos seguirán en los próximos años. El ser humano evoluciona hacia lugares de emancipación y consciencia mayores. Y eso requiere de entornos sanos adecuados para ellos. Los niños-ciudad se están convirtiendo cada vez más en niños-máquinas. Los genes reclaman una evolución diferente y lo hará en entornos donde los niños estén de nuevo reconectando con la naturaleza. Los niños-bosques serán en un futuro la esperanza para la supervivencia colectiva. Reflexionemos sobre esto…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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