La gran renuncia


Siddhartha Gautama renunció a su palacio y se dedicó a llevar una vida mendicante. Quizás sea uno de los primeros ejemplos de esa gran renuncia. 

Mi primera gran renuncia laboral ocurrió en 2005. Aún siendo muy joven, había conseguido todo lo que alguien puede aspirar a cierta edad: un bonito adosado con jardín, un bonito coche, un bonito trabajo y una excelente pareja. Ese año lo abandoné todo por perseguir un sueño, y no por reproducir aquello que según los estereotipos sociales debía alcanzar, continuar, sostener, conservar o reproducir. En 2014, casi diez años más tarde, experimenté otra gran renuncia personal y me fui a vivir a los bosques, a una pequeña cabaña desde la que ahora escribo. Rompí de golpe con una prometedora carrera basada en ese primer sueño del 2005 al darme cuenta de que algunos sueños están de igual manera condicionados y limitados por los anhelos de la personalidad, y no por los anhelos profundos de nuestra alma.

Al parecer, mucha gente está despertando a esta realidad. Muchas personas están volcando en sus vidas una gran renuncia. Es conocida también como la gran dimisión, o el gran reset colectivo, o en el plano más místico, la nueva era. Realmente todos los periodos históricos tienen algo de nueva era, de gran cambio, del esplendor y nacimiento de un nuevo gran paradigma universal. A cada periodo lo hemos llamado de alguna manera diferente. Ahora estamos viviendo uno de esos periodos de cambio, un great awakening, como llaman los antropólogos a un fenómeno que ocurrió en América en siglos pasados: un gran despertar.

Las noticias nos dicen que más de seis millones de personas han renunciado a su empleo tan solo en Estados Unidos. A este fenómeno lo han bautizado con el nombre poético de “la gran renuncia”. El académico estadounidense Anthony Klotz así lo bautizó. En plena pandemia, ha habido un abandono masivo y voluntario de puestos de trabajo rara vez visto en el mercado laboral, nos dicen los medios. Esa gran renuncia tiene que ver, posiblemente, con el despertar a un mundo absurdo, tan cargado de cosas, y tan vacío de vida.

Desde pequeños nos han inculcado la idea de que debemos ser prósperos y crecer materialmente hasta lo ilimitado. Llega una edad en el que asumes que ese compromiso prehistórico con el crecimiento encuentra un límite, y de ese límite nace una gran frustración que se va tejiendo poco a poco en nuestro interior. Nunca seremos ricos, nunca seremos excelentes ni totalmente prósperos, siempre navegaremos en un mundo cargado de cierta mediocridad e incertidumbre. El sentirnos mediocres sosteniendo una vida anodina, normalmente organizada bajo el mundo del entretenimiento (estamos entretenidos, estamos distraídos, no pensamos) y el ver que el embudo se estrecha en la escala social, nos hace replantearnos nuestras prioridades. Nace en nosotros, no en todos, un sentimiento de crisis, de profunda crisis interior que requiere respuestas profundas.

Las instituciones tradiciones, religiosas, familiares, nacionales y estamentales han fracasado. Las personas han entrado en un momento vital donde demandan emanciparse de creencias, de juicios, de condicionantes. Haber nacido en una sociedad segura les hace aspirar a mayores grados de libertad. La Inteligencia Global entiende que ese grado de emancipación es peligroso, porque un individuo pensante, no basado en la docilidad social, puede crear resortes y grietas en un sistema que pretende sobrevivir a toda costa. La pandemia, creada o fortuita, nos ha demostrado que el sistema puede provocar grandes dosis de docilidad. Ahora mascarillas, ahora encierros colectivos, ahora vacunas, ahora pasaporte pandémico. Nadie dice nada y todos asumimos dócilmente que esa marcada línea roja entre la salud pública y nuestra libertad individual es la correcta. Al mismo tiempo, se ha creado un subgrupo de divergentes que rechazan dichas directrices, dicha conformidad, y deciden rebelarse de alguna manera.

Esa rebeldía puede ser silenciosa, como esa gran revolución silenciosa que predijo el politólogo Inglehart hace ya unas décadas (parte de mi tesis doctoral fue basada en sus ideas). Estamos ante un cambio cultural caracterizado por la adopción de valores de auto-expresión, de emancipación y mayor libertad. Las utopías seculares, no solo individuales sino también grupales, están creando un caldo de cultivo donde el futuro requerirá respuestas complejas. La docilidad no puede ser permanente, y de alguna manera, el ser humano en su conjunto buscará grietas desde las cuales rebelarse. Construirá puentes que acerquen perpetuamente su mundo superficial hacia un mundo más profundo y cargado de significado. Una de ellas, la renuncia al empleo ordinario y la búsqueda de una vida más sencilla y simplificada ya está ocurriendo. Una vida basada en los dones de cada cual y no en la búsqueda de dinero o riquezas, sino en los talentos que nos hacen felices. Silenciosamente, esa gran renuncia es esa gran revolución sosegada y taciturna que buscará las grietas pertinentes. Busca tu grieta, actúa, sé libre.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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