El mundo de la no forma


Krisna haciendo de auriga en la cuadriga de Arjuna durante la batalla de Kurukshetra.

Hay muchos mundos. De todos ellos, el mundo de la no forma es el que más seduce a los seres sensibles. No se deja atrapar en tanto es capaz de transmitir saberes manifestados plenamente desde una perfecta aletheia. Es una manifestación creadora, arquetípica y ejemplar. El mundo de la no forma se compone de manera universal. Es flexible, elástico, permeable. Seduce de forma transparente, potenciado por radares invisibles que detectan su existencia. En el mundo de la no forma cohabitan valores, sentimientos, energías, creencias, pensamientos. Es el mundo del que nace el amor, la voluntad, la sabiduría. Brota a raudales desde los sueños o la aura religiosa. Es la materia prima de lo que todo lo demás surge. De ella surgen los siete rayos que crean el universo local que ahora conocemos.

La historia del mundo explicada por los zalúes o la Teogonía de Hesíodo nacen de ese mundo. También el suicidio colectivo de los germanos, su peculiar ragnarök, el fin del mundo. Los cuentos, las fábulas, los mitos, las creencias, la cultura, lo espiritual, las historias sagradas con las que mecemos nuestras vidas, todo ello nace y se reproduce en ese campo etérico, o cuántico, como ahora dirían los modernos, del que todo fluye. El Gran Tiempo, el arcano Sephirot, todo se revela a sí mismo creando continuamente tanto el reino de la forma como la cadena infinita de reinos metafísicos superiores.

La canción de Dios se hace carne desde el reino de la no forma. Allí contempla sus mundos, los dota de fuerza, de poder, de vida. El mundo profano se inclina cada vez más hacia el tiempo sagrado. Sacralizar la vida es advertir la existencia del mundo de la no forma, el mundo del que emana todo. La vida profana es aquella que recrea el escenario perfecto para que confundamos lo real con lo irreal. Pensamos que la verdadera esencia de la existencia es el mundo de la forma. Ahí olvidamos, ante la hipnosis colectiva, que lo real se recrea en un lenguaje simbólico y arquetípico imposible de entender a no ser que cierta iniciación, entendida esta como despertar a una realidad superior, nos posea. Quedar preñados de ese lenguaje secreto, el lenguaje verde o el lenguaje de los pájaros, como lo llamaban los antiguos, es sabernos poseedores de cierta verdad revelada. Una revelación no como principio o verdad absoluta, sino como mera señal hacia un vasto campo de experiencia superior.

La vida fácil, la vida de la forma (tengo hambre, tengo frío, tengo miedo), es un espejismo que nos mantiene distraídos del verdadero propósito. Es la trampa del ego, del pequeño yo, ensimismado en sí mismo, en sus pequeños éxitos personales, en sus pequeñas glorias, olvidando para el mundo la verdadera Gloria mayor. Desgarrar el velo de maya, el velo de Isis, equivale a cierta curación. Darnos cuenta de que la vida se teje en la luz, y no en la forma, es acercarnos a una nueva medicina, a un nuevo sentir, a una forma diferente de entender la existencia. Si no somos ascetas aislados en nuestras realidades, protagonistas de nuestro propio maya, la pregunta se convierte en trágica y desgarradora: ¿qué somos?

El verdadero conocimiento que nos sana se basa en la memoria, en poder recordar realmente quienes somos. Como decía Vamadeva, autor de un célebre pasaje rigvédico, “hallándome en la matriz, conocí todos los nacimientos de los dioses”. En el fondo, ante la pregunta desgarradora, solo podemos encontrar respuesta en el recuerdo del sí mismo. Todo lo que sucedió al principio desde el mundo de la no forma es aquello que debemos recordar. Las antiguas hermandades pitagóricas insistían en el recuerdo, en ejercitar la memoria, la memoria ancestral de sabernos algo más grandes que aquello que aparentemente observamos de nosotros mismos. Reminiscencia, anamnesis, es aquello que conocemos mediante el recuerdo. El alma queda encerrada en el cuerpo, en el mundo sensible y todas sus fantasías. Algún día reconoceremos al verdadero auriga, y dejaremos de identificarnos con el carro o sus caballos. Algún día recordaremos el mundo de la no forma, y entonces, anclaremos nuestras vidas a un propósito mayor y verdadero.

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