Epifanía de los magos


Creemos nuestro deber realizar diversas cosas: educar a los hijos, acumular un patrimonio, escribir un libro, descubrir una ley científica, pero solo hay una cosa que hacer: modelar nuestra vida, hacer de ella algo íntegro, racional, bueno». «Diario», León Tolstói

Sé que los magos de los que hablaba ayer existen. Desde hace centurias. Desde todos los tiempos. Disfrazados por mitos y leyendas, escondidos en castillos o en pequeños cobertizos en bosques lejanos, en míticas montañas. Magos que siguen la estrella como símbolo del mundo celeste. Que llegan al lugar elegido llenos de presentes para esa luz que nace año tras año. Magos capaces de ver y creer. Personas cuyo mérito reside en ser extremadamente generosos, pensando siempre en el otro, no importa quien sea el otro.

Los magos de las antiguas tradiciones eran aquellos poseedores de la tradición perenne. Son depositarios de lo sempiterno, de esa herencia que pervive gracias a la transmisión. La estrella móvil, paradójicamente, representa el mundo inmutable. El mundo que sobrevive a los tiempos. La estrella, representa siempre la vida del alma, lo celeste.

El mayor regalo que un mago puede ofrecer al niño que todos tenemos dentro es la oportunidad de poder conectar con nuestra propia estrella, con nuestra propia alma. Esa conexión requiere de un puente. Ese puente, ese fino e invisible triple hilo es aquello que nace de la inocencia, de la bondad, de la generosidad que se expresa en cada uno de nuestros actos.

Modelar nuestra vida, hacer de ella algo íntegro, racional y bueno, en palabras de Tolstói, es provocar la verdadera magia de nuestra existencia. Prepararnos todas las mañanas para ello es probablemente una de las misiones más difíciles. Levantarnos con el regalo de sabernos mejores, bondadosos, íntegros, es la consigna para empezar a construir el puente.

Las metas futuras de la especie humana tienen que ver con el trabajo diario personal de cada uno de nosotros. Si somos mejores cada día, si a cada mañana nos alumbra la estrella matutina de nuestra alma, habrá más posibilidades de que el mundo renazca mejor. Somos nosotros los que podremos resplandecer como esa luz en el pesebre, como esa lucidez en la cueva del corazón. Cada mañana deberíamos tener y ofrecer al mundo ese regalo. Convertirnos en luz, en magos, en bondad, en sabios. O al menos empezar sin hacer mucho ruido. Como aquellos sigilosos magos que hace algo más de dos mil años atravesaron la espesura de la noche en la infancia humana para regalar dones y talentos a esa luz naciente.

Cerremos esta noche los ojos con la ilusión de que mañana seremos mejores. Para nosotros mismos y para los demás. Sin dañar, sin desear mal, sin rabia, sin cabreo, sin angustia. Podemos ser mejores. Solo debemos recordar nuestra estrella y seguirla. Construir el puente de luz y poder, atravesar la puerta estrecha de nuestras pequeñas vidas y ansiar la vasta y extensa vida espiritual. Esa será nuestra mejor y mayor Epifanía. Ese será el mejor de los regalos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: