Ante la ley del espejo, rompe el espejo


“Hay algo sagrado en las lágrimas. No son señal de debilidad sino de poder. Son las mensajeras de una pena abrumadora y de un amor indescriptible”. W.I

Empecé el año leyendo tarde y temprano el libro “Del Silencio”, del amigo Sergi Bellver. Quería empezar el año pensando en alguien que no fuera en mí mismo, y leyendo algo que fuera extraño para mi corto tiempo: una novela. Y qué mejor que una novela escrita por un amigo escritor al que aprecio especialmente, quizás porque empatizo con su vida errante, “sin techo”, y con mi sueño de construir algún día un refugio, un lugar, una escuela, un hogar donde poder acoger a todas esas almas errantes.

Una de ellas, aquella de las que os hablé hace un tiempo, “hombre mirando al sudeste”, lo llamaremos así para preservar su identidad, apareció unas horas antes de celebrar entre todos la nochevieja. Después de cinco meses acogido entre nosotros se marchó un día porque predecía para este año el fin del mundo. Llegó desorientado y mientras todos celebraban la fiesta lo vi pasar por entre la noche. Fui a buscarlo y lo saludé por su nombre: “ya no me llamo así, ahora me llamo Miguel, mejor dicho, Miguelito”. Estaba demacrado, con la cara desencajada, desorientado, no me reconocía, todo sucio y mal oliente. Le di un abrazo a pesar de su desconfianza. Lo llevé a la cocina y le ofrecimos algo de comer. Un primer plato, un segundo… creo que se quedó con ganas de un tercero, pero por pudor, no lo solicitó. Solo quería dormir. Le preparamos una habitación y se quedó dormido hasta las cuatro de la mañana. A esa hora la hospedera de turno le atendió y estuvo todo el día con él hasta que al mediodía me contó asustada que había intentado coger un hacha. Eso me puso en estado de alarma.

En los últimos treinta días habíamos atendido tres brotes psicóticos. Uno de ellos marchó porque un familiar se lo llevó. El segundo lo llevamos a su casa y avisamos a la familia. El tercero… el de Miguelito, este no tenía familia… Viendo que cada vez se mostraba más violento tomé la difícil decisión de llamar a una ambulancia. Llegaron en ella cinco personas del sistema sanitario, entre médicos y auxiliares. Ninguno de ellos pudo convencer a Miguelito de que entrara en el vehículo. Miguel, Miguelito, pala en mano, amenazaba al mundo y al sol que le perseguía. Me acerqué sin miedo a él, le pedí que me diera la pala y le susurré unas palabras desde lo más profundo de mi alma: “hazlo por ti, hazlo por nosotros”. En ese momento de frágil lucidez, sentí como Miguel dejaba paso al dueño legítimo de ese cuerpo, rompía con el espejo que le aprisionaba, se lanzaba a llorar y me acompañaba hasta la ambulancia.

Esa decisión creó en algunos cierta controversia, hasta el punto de generar pánico en un par de personas por no haber atendido mejor a ese pobre hombre. Así que tuvimos que atender a los demás con paciencia y calma, intentando explicar con lágrimas en los ojos que hicimos durante cinco largos meses todo lo que pudimos por él.

Hubo un momento en que todo me sobrepasó. La tensión de atender a tantas personas en momentos complejos, la rotura de las tuberías y el desembolso de más de cinco mil euros para que todo estuviera listo en estos días, las obras, todo por medio patas arriba, todo el caos antes de las fiestas… Tras el episodio y tras dar unos días de descanso a la hospedera me encerré en uno de los lavabos y me senté en el suelo a sollozar como hacía años que no lloraba. Me sentía superado por todas las circunstancias que en este último mes se habían acumulado una por una. El hecho de que me llamaran genocida por haber llamado a la ambulancia fue la gota que colmó un vaso que ya no podía más.

Me di cuenta del efecto purificador del llanto. Me volví a levantar, me fui a comer, luego a pasear y recuperé cierta fuerza vital, especialmente ayer que me tomé la tarde libre y me fui a los bosques con el amigo Geo, el cual nunca omite sobre nadie ningún tipo de juicio, y le puedes confesar con la mirada cualquier circunstancia sin juzgarte. Por la noche volví a la novela de Sergi, leyéndola despacio, esperando ver en la tragedia de la Segunda Guerra Mundial algún tipo de consuelo o esperanza ante nuestra pequeña tragedia contemporánea.

A pesar de haber empezado el año con dureza, veo lo bueno de haberlo emprendido con tanta hermosa compañía. Una compañía clandestina, pero la mejor de las compañías posibles. Así que hoy intentaré volver al optimismo, pensar que este año, a pesar de haberlo transitado con aspereza, será un año bueno. Romperé la ley del espejo, buscaré siempre en lo bueno dónde poder reflejarme. Seré paciente, seré perseverante hasta que un día pueda acoger al mayor número posible de almas errantes y pueda siempre susurrarles algo al espejo de su alma.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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