En lo oculto


Himalayas, Nicholas Roerich.

No estaba oculto de ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra. (Salmos 139:15)

En lo oculto y en lo secreto fuimos formados. Encendimos tres velas en la pequeña ermita. Llegaron las cenizas desde el santuario que ardió en las frías tierras del norte. Hermanados como estamos, a expensas del séptimo rayo, la sacerdotisa, recién venida, puso en nuestras manos algunos trozos del viejo santuario llegado desde la lejana Escocia. Hicimos un hermoso ritual y depositamos los restos en nuestro pequeño altar. En lo secreto, en lo oculto, resulta difícil de explicar. Algo se quema y algo renace. Así se renuevan los ciclos, y así es como los obreros del templo vivo experimentan la consagración hacia la Gran Obra.

Sobre el caballo había dos monjes guerreros. Subió un tercero. Dominamos el estrago animal y sus cuatro fuerzas inferiores. La nueva encomienda se está preparando para recibir las tres primeras luces renovadas. En toda construcción interior y exterior, tres maestros forman una logia simple, cinco una logia justa, y siete la hacen perfecta. Aún queda mucho para eso porque los maestros que antaño construían catedrales ahora duermen. La logia simple se formó, pero no la justa ni la perfecta. No sabemos cuándo eso ocurrirá, y no sabemos si ocurrirá en esta u otra vida. Al menos nos volvemos a reagrupar, aunque no todos puedan ver y entender, desde lo oculto, el significado profundo de la construcción, de las señales recibidas, de sus bendiciones.

Un buen constructor, un buen obrero, un buen maestro, un buen monje guerrero no debe poseer nada suyo. Todo es entregado a la Gloria del Gran Arquitecto, alejándose de todo vicio, de toda cultura que englobe la adoración de cualquier becerro de oro. El único medio para llegar a la virtud es entender que la ignorancia es perjudicial para nuestra felicidad. No debemos empacharnos de conocimiento vacío, sino, más bien, debemos conocer para discernir, para entrar en la era de la síntesis, ese lugar y ese tiempo donde dejan de existir los opuestos, y todo se equilibra desde la meditación y el servicio.

El celo que debemos mostrar marchando hacia aquel que nos ilumina debe ser cauto, sosegado y fortalecido por los designios del infortunio. El sempiterno camino nos guía hacia la luz, hacia ese lugar del cual nunca debimos partir. Es complejo comprender y recordar cada cosa que somos, que fuimos y que seremos. Nuestro linaje nos alimenta, aviva nuestros fuegos, nos empuja hacia el misterio inevitable.

Estos días llegaron muchos peregrinos. Buscan asilo, compañía, encomienda, templo, oración, algo de pan espiritual. Debemos lograr convertirnos nosotros mismos en piedras vivas antes de poder ofrecer agua de la fuente primordial. Debemos crear y recrear el templo interior en nosotros antes de poder purificar y recibir almas ajenas. Esta es la gran tarea, la gran encomienda asignada. Y algunos de esos peregrinos intuyen algo y se aproximan en sigilo para beber de la fuente. En lo oculto, algo de agua y pan reciben, algo entretejido en las profundidades de la tierra y en los espacios infinitos del cielo.

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