Ante la vida absurda, vivir en clandestinidad


Sisyphus, por Tiziano, 1549.

“Además logró que a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiera una marca en la mano derecha o en la frente, de modo que nadie pudiera comprar ni vender, a menos que llevara la marca, que es el nombre de la bestia o el número de ese nombre”. Apocalipsis 13: 16-18

Conseguí un pasaporte falso. Fui al cine a probar si funcionaba. La marca de la bestia, el QR, estaba dañado a propósito para no identificar al verdadero usuario, así que mi única esperanza era que no pasara la máquina lectora sobre el código. La película en la que basé mi pequeño delito de falsa identidad sanitaria era una paradoja: Matrix Resurrections. El revisor miró mi pequeño móvil de cuatro pulgadas. Me pidió ver el código QR. Acercó su mirada al minúsculo móvil y me dejó pasar.

Las monjas que vivían en monasterios en la edad media lamían con sus propias lenguas las heridas de los leprosos con la esperanza de que sanaran. Algún que otro milagro se le acuñó a la monja María Magdalena de Pazzi, que no tenía reparo en lamer las heridas de aquellos que padecían. De alguna manera nosotros hemos estado haciendo lo mismo en este tiempo, acogiendo a toda persona que buscara alojamiento en nuestra casa de acogida, sin preguntarle qué tipo de enfermedad padecía, si no, más bien, abrazando sus heridas todas las mañanas, tras las meditaciones y los cantos. Nunca hicimos caso de las restricciones, porque para nosotros lo más importante es el ser humano, su acogida, su consuelo, su arropo. No preguntamos nada sobre la peste de nuestro tiempo. Si la han padecido, o la padecen, nosotros seguimos acogiendo, y lamiendo cada herida, física o del alma.

Mientras tantos vemos con pena cómo los púlpitos se llenan de nuevos fariseos, como nos vuelven a dividir, como la espiritualidad se enlata en discursos vacíos y huecos, como la Matrix se vuelve una realidad cada vez más compleja. Me pregunto cuánto tiempo necesitaremos para liberarnos de la realidad irreal, de la mentira en la que vivimos, la mentira del miedo. Es posible que enfermemos, y es posible que algún muramos de alguna enfermedad. Pero no podemos escondernos, dividirnos, obligarnos a nada que coarte nuestra libertad. No vamos a permitir que nos pongan una marca en la mano derecha o en la frente, de modo que nadie pueda comprar ni vender, a menos que lleve esa marca. ¿Cómo es posible que hallamos normalizado tan abominable situación? Como decía Sartre, es verdad que el ser humano toma consciencia de su libertad ante la angustia. Y en este momento de angustia plena, de miedo, nos rebelamos.

Aquí no llevamos máscaras, ni utilizamos geles, ni nada parecido. Vivimos, se puede decir así, en cierta clandestinidad. Estamos en rebeldía, pero a la manera de Camus, dotando de sentido al ser. La peste de nuestro siglo nos ha vuelto, otra vez, seres absurdos, como en el mito de Sísifo, viviendo entre el hundimiento de una civilización que se suicida aceleradamente y la nada utópica, casi inalcanzable, existente entre las nieblas espesas de estas montañas ahora casi inaccesibles, clandestinas. Aquí reímos, cantamos, bailamos. Quizás sea una postura cínica para algunos. Para nosotros es tan solo una manera de rebeldía ante el absurdo de este tiempo. Nuestra rebeldía se basa en abrazarnos, en besar al desconocido, sin máscaras, sin miedo. De semejante universo sacamos nuestras fuerzas, y estas, hasta el momento, nos protegen. Ante el suicidio de la libertad, nos rebelamos. Como decía Píndaro, no te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible. En esas andamos: agotando hasta el último aliento.

2 respuestas a «Ante la vida absurda, vivir en clandestinidad»

  1. Me parece bien, que algunos puedan vivir en la clandestinidad, en estos momentos. Otros, hemos estado al filo del «cuchillo», sorteando con delicadeza y astucia, todo obstáculo subconsciente del círculo social y laboral, en el que estamos infiltrados. Y estamos agotadas. Es por eso, que de la matrix, muy compleja, pero a la vez autómata, hay que salir con astucia y delicadeza, para que algunos puedan vivir este tiempo, en clandestinidad.

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