El retorno de Cristo


 

Ha nacido un niño. Hemos sido guiados por una estrella. La antigua tradición nos dice que hay tres energías o atributos primarios en el universo. El ser humano, en su ignorancia, los llama de forma ambigua como “voluntad”, “sabiduría” y “amor”. La tradición cristiana llama a esos atributos, fuerzas o energías elementales como “Padre”, “Espíritu Santo” e “Hijo”. Esas tres energías primarias o atributos vienen acompañadas de cuatro fuerzas más que corresponden a cualidades diferentes. En total, siete de esas fuerzas confluyen de forma diferente en nuestro universo local.

La fuerza que más se celebra en la tradición cristiana es la del nacimiento del atributo del “amor”, esa cualidad que cohesiona mundos, personas y universos. En nuestra cultura, ese atributo se le denomina como Cristo o energía crística, representada o alumbrada en la personalidad de Jesús. La energía crística es una energía de síntesis, de unidad, alejada de los opuestos, de las contradicciones. Llena de aceptación hacia el prójimo, de reconciliación con nosotros mismos, con nuestros “pecados”, como lo llama la tradición cristiana. Esos “pecados” envueltos en culpa y sufrimiento encuentran la consagración necesaria con el nacimiento del amor en el mundo en forma de pequeño niño que nace en una pequeña y humilde cueva. La cueva representa nuestro corazón, un lugar oscuro que requiere ser iluminado por la fuerza del amor, representado por un niño inocente y cargado de de luz y amor.

Todo los años, por estas fechas, se celebra la resurrección del amor en nuestras vidas. Más allá de las divergencias, las fluctuaciones de la tradición y las distorsiones propias de la adoración del Becerro de Oro, el mensaje de esperanza y fe en ese nacimiento de la luz y el amor en nuestros pequeños corazones se renueva de forma constante. Cristo vive, anúncialo. Cristo retorna. Esta es su añorada venida simbólica, representada por un pequeño belén con sus pastorcillos y demás figuras decorativas.

No tenemos que esperar una segunda venida. Cristo retorna a nosotros con su mensaje simbólico todos los años, todos los días (allí donde dos se reúnan en su nombre, en el nombre de Cristo, del Amor). El sol empieza su andadura celeste hacia la mayor luz. Los astros se conjugan en alineación para que la estrella del amor y la luz ilumine con mayor fuerza. El mensaje es claro, poderoso y contundente: que Cristo retorne a la Tierra. Y así lo hace, sellando la puerta donde se halla el mal mediante el Plan de Amor y de Luz.

El verdadero misterio de toda esta existencia, aquella cualidad que nos hace más humanos mediante la siembra de la semilla del amor, está incluida en un plan, en un propósito celeste cargado de significado. La continuidad de ese plan depende de nosotros, de nuestra capacidad de desterrar las semillas del egoísmo y la separación (personal o nacional), de obligarnos cada día a ser mejores personas, a pesar de nuestros “pecados”, de nuestras equivocaciones, de todo aquello que se aparta de lo correcto y lo justo.

Para los griegos, el pecado era llamado hamartia, que significa literalmente “fallo de la meta, no dar en el blanco”. Ese quizás sea el mayor pecado de todos, el fallar a la meta común, al código de humanidad que debemos alcanzar, al ser seres incluyentes, amorosos. Pero ahí tenemos la Navidad para recordarnos esa meta: el amor, la buena voluntad al bien, la sabiduría que se plasma en acciones que nos conducen al bien común.

Hoy es un día especial para recordar todo esto, y para renovar los votos de humanidad, de amor en el ser humano, empezando por nosotros mismos y extendiendo eso hacia todos los seres sintientes. Y en este nuevo tiempo de progreso consciencial y evolutivo, incluyendo a esos seres, a nuestros queridos hermanos los animales. Dejad que los niños se acerquen a mí, decía el Maestro. En estos tiempos de evolución de la consciencia quizás añadiría: y dejad que los animales se acerquen a mí. No los matéis, no los torturéis, no hagáis de ellos un mero consumo de placer instantáneo. Que el amor, por lo tanto, se extienda a todos los reinos, y comprendamos la importancia de renovar en este día tan especial, tan profundo significado.

¡Feliz Navidad a todos! ¡Feliz renacimiento del Cristo del Amor en vuestros corazones! Desde el lazo invisible que nos une, desde aquí, desde esta pequeña cabaña, os amo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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