La espera vigilante



La cristiandad en su conjunto considera el Adviento como un tiempo de oración, silencio y reflexión el cual se caracteriza por la llamada espera vigilante, es decir, ese tiempo de esperanza, de observación, de ayuno, de vigilia, de arrepentimiento, de perdón y de alegría. Algunos encienden cuatro velas para recordar la importancia de profundizar en valores y virtudes que deben responder a la completa asunción del ser humano: la primera vela simboliza el amor; la segunda, la paz; la tercera, la tolerancia y la cuarta, la fe.

Esperamos inevitablemente. Nos pasamos la vida esperando. Los ciclos de la luz marcan las esperas. El sol invicto se aproxima. La llama se resguarda y se fija la meta para su resurrección, para su nuevo nacimiento, simbolizado por el niño rey. El niño rey representa la síntesis entre el Padre y el Espíritu Santo, entre el espíritu y la materia. La síntesis que viene cuando los opuestos existen.

En nuestra espera vigilante deberíamos buscar nuestra síntesis. La síntesis de nuestra vida, aquello por lo que realmente vivimos y nos movemos. ¿Qué es lo que nos impulsa? ¿Cuál es el motor de nuestras vidas? ¿Qué es aquello que dignifica nuestra existencia?

Observar y esperar. ¿Qué más estamos esperando de la vida? ¿Qué es aquello que deseamos encontrar ardientemente? ¿Una revelación? ¿Una causa? ¿Un amor? ¿Algo de dinero? ¿Algún tipo de experiencia mística que nos desvele los misterios de la vida y la muerte? Observemos con atención nuestra existencia y veamos qué es aquello que esperamos de ella.

Tal vez estemos ya en el atardecer de nuestras vidas. Quizás ya solo esperamos tranquilos el ocaso, el final, el último viaje. Esa espera es totalmente inquietante. Deseamos acercarnos a ella sin las tinieblas del miedo, con fe, con firmeza. Pero en el fondo sentimos un resquemor, como si supiéramos o intuyéramos que realmente hay un final real, una última etapa. Respiramos profundamente, suspiramos como si fuera ya el último aliento cuando pensamos en estas cosas. Podría ocurrir que mañana fuera nuestro último día. Es turbador pensar que no tenemos control sobre eso. Que todo podría acabar en cualquier momento y que todo terminara sin haber sido capaces de averiguar de qué trataba nuestra espera, nuestra fe, nuestro amor derrochado, nuestra profunda capacidad de observar y traspasar la vida y sus ramajes.

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