Aspiración o vocación


El esfuerzo es el Sendero Inmortal – la pereza es el camino de la muerte.
Los que se esfuerzan viven siempre –los perezosos son como muertos.
Impermanentes son las tendencias –por lo tanto, libérense por medio del esfuerzo. Dhammapada Cap. V, pág. 21

Es fácil confundir la inocente aspiración de la personalidad con la verdadera vocación e intención espiritual. Muchas veces estamos tentados en construir algo o hacer algo pensando que lo hacemos para atender a la llamada del alma, pero en el fondo, se trata de una ilusión que nace confusa de nuestro pequeño ego. Enmarcamos cosas y temáticas espirituales, las maquillamos, para satisfacer cosas de nuestra personalidad. Nos pasa que, ante los fracasos de la vida cotidiana, queremos alzar una voz fuerte en la vida espiritual, confundiendo la intención espiritual con la aspiración de nuestra naturaleza más débil, por muy loable y “espiritual” que parezca. Esto es complejo, y forma parte de una de las pruebas del camino espiritual. La aspiración de la personalidad es un paso importante, pero no debemos agazaparnos a ella y volcar ese paso en satisfacer los deseos personales y egoístas.

Discernir entre la vida del alma y la vida de la personalidad es complejo. La vida del alma es exigente y solicita continuo esfuerzo. Ese es su sendero inmortal. La pereza es, sin embargo, el atolladero de la personalidad, el lugar donde nos gustaría vivir constantemente. No hacer nada, o hacer lo suficiente y justo para vivir una vida buena, es la bandera de la personalidad.

Hay una moda cada vez más fuerte y poderosa que dice todo lo contrario, que el camino espiritual debe ser un camino fácil, un paseo entre rosas en un jardín florecido de paz y armonía, de paisajes bucólicos y retiros resplandecientes. Realmente esto es una ilusión, unas adormideras para el alma. No conocemos en todo el universo un sol que no genere luz bajo el esfuerzo de su propia combustión. La vida espiritual es una vida transpersonal, es decir, una vida que nos supera, que va más allá de nosotros, una vida que nos reta, que nos pone frente a nuestros límites para ensancharlos y agrandarnos. A veces, más allá de nuestros esfuerzos, fuerzas y energías. La vida espiritual es una vida de pruebas constantes que emergen en lo ordinario, experiencias que ponen a prueba nuestra perseverancia, nuestro tesón, nuestro aplomo, nuestra rectitud, nuestra propia capacidad de acción y reacción, nuestra sabiduría y humildad.

En esa moda febril, la cultura del esfuerzo desaparece, y con ella, la profunda enseñanza del sacrificio. Estamos en el mundo del yo pequeño, y por lo tanto, cualquier cosa que requiera transportar nuestro yo más allá de nuestros límites carece de sentido. Únicamente las verdades forjadas individualmente en el crisol de la experiencia penetran realmente en la conciencia viviente y fructifican, decía un antiguo maestro. La purificación y la construcción del carácter requieren inevitablemente esfuerzo. La dispersión de la ilusión, la disipación del espejismo y la conquista del maya no se consigue desde la no acción. Ser espiritual no es sentarse en la posición del loto para decir cosas bonitas. Ser espiritual es mancharse los pies en el barro de la experiencia y aprender el gran mantra: Soy una sólida colina en la cual sopla libremente la brisa de Dios. Todo lo que soy y poseo, pertenece a otros, no a mí. Esta es la verdadera vocación de toda alma.

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