No fracases, haz bien las cosas, pero si fracasas, fracasa bien


Todos sabemos la complejidad que entraña hacer bien las cosas. Si estás expuesto a cierto público (clientes, pacientes, alumnos, admiradores o lo que sea), cualquier minúsculo error pude derivar en un tremendo prejuicio, rechazo o desavenencia. Nunca llueve a gusto de todos, pero en cuanto te expones, la máquina del juicio ajeno se dispara.

El supino talento de estar callados, aparecer inofensivos, tolerantes y desapegados es complejo. El hacer conlleva riesgos. También el decir, a no ser que tengas maestría sobre la palabra y el verbo, tan iguales y desprovistos de significado cuando se alecciona un ápice de tu alma en cada vocablo. Hacer, pensar o decir entraña riesgos si todo cuanto haces, piensas o dices está relacionado con el otro.

Hacer bien las cosas es difícil. No estamos acostumbrados a la cultura de la excelencia. Se nos enseña a cultivar el aprobado justo en todo lo que hacemos. Lo mediocre nos envuelve por todas partes. No se nos permite fracasar bien. El fracaso siempre me pareció bohemio y esplendoroso. Algo así como un destello de halo diferente, una luz cegadora.

Por eso, si fracasas, fracasa bien. No temas el juicio, el rencor, la culpa. Te van a señalar igual, tengas o no tengas éxito. Por eso, fracasa bien si no conseguiste tus metas, tus anhelos, tus propósitos. Si tienes que cerrar un negocio, hazlo con elegancia. Si te ves en la calle, sin nada, despojado de todo, no pierdas la dignidad. Busca tu mejor traje, tus mejores zapatos, y deambula como un peregrino digno.

Fracasa bien, no tengas miedo a hacerlo. Cuando te equivoques, si has dañado al otro, pide perdón. Si pasaron los años y el dolor se hizo insoportable, no temas, el perdón será el mejor alivio para tu alma, sin importar cómo el otro reciba ese alivio tuyo. Fracasa con franqueza, admitiendo el error, el daño, la pérdida. Levanta la cabeza, rebusca en tu dignidad, no permitas nunca perderla. En el fondo, el ser humano solo tiene eso: dignidad. Y jamás nadie debería perderla, ni permitir que nadie te la arrebatara. Fracasa bien, aún teniéndolo todo y aún perdiéndolo todo, mira el horizonte. Al final, en algún destello de entre la oscuridad, aparece un sol, un atardecer, un profundo anhelo de vida.

Cuando rompas una relación, hazlo de forma elegante, sincera, dañando lo más mínimo en ese desgargante fracaso. Cuando la enfermedad te abrace, vívela con dignidad, sin queja, sin lástima. Hacer bien las cosas es complejo. Cuando tengamos que morir, deberíamos hacerlo dignamente, morir bien, vivir bien, amar bien, cultivar nuestro ser con bondad y rectitud. Esa dignidad será la que nos impulse hacia la gentileza, la ternura, hacia lo bello. El amor, eso tan incomprendido, es una forma de belleza, de armonía entre los opuestos, de síntesis entre aquello que no comprendemos y aquello de lo cual tenemos alguna certeza.

Sí, fracasa en la vida, no importa, pero fracasa bien. Y tras la añorada frustración y el naufragio inevitable en el ancho mar de la experiencia, vuelve a los horizontes, vuelve a la vida, vuelve a intentarlo, una y otra vez. Sí, hazlo bien, siempre que el buen juicio te permita ver más allá de los caminos aparentemente inconexos. Observa lo pequeño e insignificante de cada uno de nuestros actos. Incluye esto a nuestros fracasos. Ya sabemos que en el fondo, estamos solos. Por eso, fracasa bien.

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